domingo, 24 de agosto de 2008

LA MUELA DEL DIABLO

Las noches de octubre se desgranan lentas en Paso del Soldado. Es un lugarejo mínimo. La escuela, una iglesia que se abre no más de dos veces al año. Y abajo, la bahía de Topocalma. Inmensa y virgen, lavando los pies de la Hacienda. Los entornos son cultivos de secano, principalmente cereales.
Ese atardecer, mientras esperábamos la comida, sentía a lo lejos unos bramidos parecidos a largos lamentos.

- ¿Qué provoca esos lamentos? ... pregunté ...

- No diga ná, iñor? ... respondió Zenón ...

Después de suplicar, Zenón, moderno trovador, hizo un pueril relato. A algunos metros de la playa, hay un peñón que se eleva sobre la superficie del mar. Su forma recuerda a la de una muela. Hasta allí llegan manadas de elefantes marinos. Sus bramidos son los lamentos. La cuestión tiene una historia. Hace mucho tiempo, el diablo pasaba por los campos del Paso y el frío del invierno le provocó un espantoso dolor de muelas. El pérfido personaje, desesperado, se tiró al mar con la esperanza que el frío de sus ambrosías calmara el dolor. Esto no ocurrió. Entonces dio una patada tremenda en el fondo marino. La muela saltó de su boca y, al contacto con el agua, se transformó en el peñón de los elefantes marinos, bautizado como La Muela del Diablo. Los elefantes marinos, con sus bramidos, recuerdan el hecho y se lamentan del dolor de su señor. Eso sería todo, si no fuera que, de tarde en tarde, el diablo regresa a la campiña y procura recuperar su muela. Entonces, inevitablemente, un campo se incendia.

Regresé a mi habitación en la escuela con un leve temor hurgueteando entre mis venas. Me dormí pronto. Pero un tiempo después, tuve la sensación de mi habitación completamente iluminada y hundida en la bulla. Abrí los ojos y efectivamente, el dormitorio estaba lleno de una luz amarilla, fuerte, potente, que crepitaba como si todo el edificio se fuera a derrumbar. Me levanté y pude constatar que a unos cien metros de mi ventana, el campo de trigos maduros, ardía por los cuatro costados.

Pasamos el resto de la noche, junto con Zenón y otros pobladores, cavando cortafuegos y observando como se consumían los manojos de trigo. Nunca supimos qué había provocado el fuego. Zenón se negó a volver a la narración. En la lejanía, los elefantes marinos hacían su canción con lamentos que atravesaban la noche.


(Era un canto sin ranas ni televisiones)