miércoles, 24 de septiembre de 2008

UN REGALO INSOLITO

Anoche me visitó la Muerte. Estaba bebiendo. La osesa dama se sentó a mi lado, pidió un vaso y me acompañó.

No negaré la perturbación de los primeros minutos. Pensé: ("No estoy preparado para el viaje"). Tuve la tentación de implorar por unos años más. Decirle: ("No me lleves. Aún me faltaban muchas cosas por hacer") Pero la idea era grotesca y necia. No pude encontrar ningún argumento realmente significativo para fundamentar mi ruego. Luego me dije: ("Esto no es más que delirio... Alguna clase de insensatez. A fin de cuentas, cualquier instante es propicio para morir. Y, por tanto, adecuado. Y, en consecuencia, necesario"). Por otra parte, espero la visita de la muerte desde hace algún tiempo. Decidí controlar el miedo y me tranquilicé.

Fue curioso e infinitamente ameno el platicar con la inmortal. A sus palabras, unía imágenes. Y a las imágenes, sonidos. Y a los sonidos, ciertas formas en volumen, como hologramas que, a ratos, parecían nebulosas y, a ratos, realidad. Así, el diálogo se transformaba en una especie de teatro total en donde, simultáneamente, presenciaba la acción y era parte de ella.- Beber acompañado es mejor que sentir la soledad - dije -. Respondió:

- ¡Ah ... Hermanito ... ¿Qué sabes tú de soledad? ... ¿Has visto, alguna vez, cruzar las centurias, simultáneamente, frente a tus ojos, como vorágine inexorable y sin sentido?... Los lentos milenios desbaratando sueños... A veces sueños fascinantes. ¡Con cuánta complacencia los habría compartido! ... ... Progresivamente fui entendiendo el engaño que acepté: En los primeros días se trataba de un puñado de humanos: los iba a terminar con prontitud, ¡Uno o dos siglos no tenían ninguna importancia!... A cambio, habría gozado de todo el universo, ilimitado, pletórico, mío para siempre. Pero el mío es un trabajo sin consumación posible. Nada puedo hacer para volver atrás. Y cuando me pongo a pensar en el tiempo que todavía falta... ... Tengo la manía de contar, cada día, el número de humanos recolectados... Ellos terminan y descansan... Más tarde viene el silencio... Para el finado y para mí... ¡Jamás una palabra! ... En ninguna ocasión una compañía... Alguien que te diga lo que siente, o sueña... ¡Y me hablas de soledad! ... ... Pero - suspiró - ¡A un lado las tristezas!

Entonces empezó el jolgorio. Me contó de su nacimiento, al día siguiente del tonto y delicioso error de Eva (la de Adán). (Efectivamente lo de la manzana y la serpiente es símbolo. Las cosas fueron de otra manera, pero el significado es el mismo: Ellos inauguraron la historia: Esa altiva porfía por construir día con día una humanidad).

- Esa fue mi peor faena - dijo -. La más abyecta. Verás, no tenía práctica. No lo había hecho nunca antes. Y ellos eran tan... ... tan increíblemente puros. Y hermosos. Creo que los amé. Cuando los suprimí, de mis cuencas vacías cayeron un par de lagrimones de tristeza... Nunca más he vuelto a llorar.

Me relató casos de hombres y mujeres sorprendidos en situaciones extravagantes: Un general decimonónico, tremendamente cuidadoso de su imagen pública. Para agradar a su amante, aquella tarde se vistió con ropas de niño: un pantaloncito corto y una blusa de marinero. La dama puso en sus manos una sarta de globos multicolores. El general los levantaba mientras la mujer le abría la bragueta para que tomara oxígeno su verga anciana. Le manipuló, incansable: Chupó, mordisqueó, acarició, fregó suavemente y con fuerza, pero no conseguía encumbrar el volantín; entonces el corazón del hombre reventó, no sin antes eyacular una última gota de semen... Si hubieras visto, Hermanito, el rostro de las autoridades y familiares cuando lo encontraron, en la habitación de un prostíbulo, con su traje infantil, de marinerito... verga afuera... con los globos en sus manos ...

También me relató la muerte de una mujer cuya vida fue austera y casta. Ejemplo de virtud y de modestia a quien tocó con su descarnado dedo cuando acariciaba su sexo con un desmesurado pene de goma:

- ¡Cómo se masturbaba, la muy bestia! Después se necesitaron cuatro horas para volver las carnes a una "normalidad" tal que permitiera continuar afirmando la santidad de la difunta.

La Muerte reía con su voz cavernosa, como estremecido castañetear de huesos. También mis carcajadas hendían los aires de esa noche invernal y se escondían entre las nubes negras del vendaval. Ella dijo:

- Los hombres no son dioses, Hermanito. Nunca entenderán que son criaturas débiles, divertidas y pretenciosas. Ni más ni menos que una gota de agua... o un grano de arena, extraviados en la abrumadora inmensidad de los océanos celestes.

Terminada mi última botella de vino, continuamos con las cinco redomas de cognac envejecido que guardaba para alguna ocasión especial. Más tarde traje a la mesa mi garrafón con diez litros de aguardiente. Esa noche, entrambos inventamos la sed. Y un hambre salvaje por llevar la conciencia hasta los límites inacabados de la creación. En un instante tomó mi mano y la habitación se llenó con imágenes y alegorías de los últimos confines: Era como las geografías insondables del mar: Olas que se levantaban a distintas alturas: De su espuma nacían formas inenarrables, cuerpos diluidos en el burbujeo marino, seres que se arrastraban hasta las dunas y empezaban, una y otra vez, a inventar la existencia. También me llevó hasta el fondo de las aguas. A medida que nos hundíamos se hacía el silencio y la nada. Había quietud. Serenidad. Había la sensación de estar en el único espacio real del universo. Lugar en donde el pensamiento se desenvolvía imperturbable, sin interrupción, mirándose y sabiéndose categórico. Y eterno.

Llegó la primera llamada del alba. La Muerte se levantó y exclamó:


- ¡Padre Dios! ... Una noche completa sin trabajar... No me había ocurrido jamás.


- Entonces... -pregunté -, ¿Ya es la hora?

- ¿Cuál hora?- Pues... me llevarás contigo...

Lanzó su última carcajada.

- Hermanito - susurró -. Si te llevara conmigo lo lamentaría... No sabes cómo lo lamentaría... Hasta el último de mis días... que sucederá cuando no subsista hombre alguno sobre este planeta... No podría perdonármelo... (Padre Dios comprenderá... Jamás me había divertido tanto como en esta hermosa noche)

De pie, en el centro de la habitación, meditó por algunos instantes. Luego:- No, Hermanito... No te llevaré... Es más: ¡Jamás te llevaré! ... ? Tal vez en cien o en doscientos años más me dejaré llevar por la tentación de una buena charla regada con magníficos vinos... Hasta entonces no me volverás a ver... ... ¡Te dejo la vida eterna, Hermanito!

Desapareció como había venido: Un silencioso hálito que fácilmente podía confundirse con el lamento de la ventisca.

He dormido dos días seguidos. He descansado. Ya no estoy ebrio. Y no sé qué pensar. Ni qué hacer.

Ruego a todos los dioses que sólo se trate de una pesadilla de borracho. Si no lo fuera... Me espera la totalidad del tiempo... Vacío... Inconmensurable... Eterno. La vida, hasta que el último hombre sobre este planeta haya ido en pos de mi incuestionable amiga.

Empiezo a sentir, dentro de mí y en el entorno, el silencio ominoso de lo absoluto y tengo miedo. La soledad es pavorosa y ha empezado a invadir mi conciencia.Me pregunto si me será posible morir.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Blues en tonalidad menor (5)

Cosas de niños.

En las tardes, a las cinco campanadas de la Iglesia de más al norte, salías de tu casa. Cruzabas a la plaza de enfrente y nos juntábamos. Yo dejaba el juego con mis amigos y me sentaba a tu lado, o a tus pies. Me gustaba el vestido azul porque entonces, tus ojos celestes irradiaban luz y me consumías.

Caminábamos hasta el otro extremo de la plaza y comprabas una luna con sabor de vainilla. Volvíamos, serios, a nuestro asiento, el mismo cada día, y sólo entonces mordías suavemente la luna de vainilla y me la pasabas. Yo buscaba el lugar en que se habían posado tus labios y apretaba los míos. A las seis de la tarde, tu madre nos sacaba de la burbuja y tú regresabas al hogar. Me quedaba con la sensación de un día trunco, un día que había perdido lo mejor de sí, un día eliminado del gotear inagotable de los tiempos.

¡Siete años!... Una tarde me preguntaste que sería cuando grande. ¡Escritor! Exclamé sin pensarlo. Y entonces dijiste: “Dice mi tía Rosario que la cigüeña es sagrá… Y el colorín. Y la fuente. Y el ruiseñor. Y las flores. Y el rocío. Y aquel torito valiente que está bebiendo en el río… Y el bronce de esta campana. Y el romero de los montes. Y aquella raya lejana que la llaman horizonte… ¡Too es sagrao… porque too lo hizo Dios! (“Profecía” de R. de León)... Nos quedamos en silencio e igual que en el poema, acercaste tu rostro al mío y tus labios de niña besaron los míos. Sin saber que los cautivabas para siempre. “También este beso es sagrado”, murmuraste.
Más tarde, tu familia se mudó para el sur y tu padre administró una hacienda. Yo gané un concurso en una revista grande y de premio fui durante dos meses a Barcelona. Estando allá vendí unos relatos y gané un concurso de editorial. Los dos meses se transformaron en diez años. Pero ayer he vuelto.Supe que el único hijo del dueño de la hacienda se enamoró de ti. Que hace un mes están casados. Que nuestra luna se ha quedado quieta, muerta, volatilizada en medio del charco

Por eso mi luna perdida es irrecuperable. Nunca más sabor a vainilla entre mis labios. El resto que me queda es recordarte y crear cantos insensatos a la ilusión del rapaz que jamás pudo decir las palabras que esperabas.


Blues en tonalidad menor (4)

La Luna perdida

Es definitivo, se me perdió la luna.

Si fuera la luna que vigila las noches aburridas del resto de los hombres no importaría. Empezaría la ronda infinita, tediosa e inútil de las comisiones de expertos para averiguar qué fue lo ocurrido y qué hacer para recuperarla. Entretanto, los hombres, acostumbrados a todo tipo de desgracias, después de enterarse del respectivo decreto municipal, cantarían boleros y rancheras y aceptarían reemplazarla por las burbujas vacías de la televisión.

Pero no es nada de eso. Se trata de mi luna. Me ha acompañado desde la niñez, cuando me convencía, cada tarde, que esta vez si vería a la Virgen con el asno y el niño. De esta volátil luz reflejada cada vez que yo miraba hacia lo profundo del pozo o se quebraba en mil luciérnagas bailarinas cuando tiraba una piedra en el corazón de la luz mágica, en las aguas del río.
No es un asunto de amor (¡Claro que amo a mi luna!... Pero más amo tus cabellos negros, perfumados de azahares, suaves como el agua cuando escurre mi cuerpo desnudo). Es que me he quedado vacío de razones. Nadie tiene derecho a llevarse mi luna para otro lugar que no sea el fondo de mis pupilas oscuras. Nadie debiera solazarse cuando ella besa mi cuerpo y tu cuerpo desnudos y nos enseña la belleza de la luz y de la noche. Sólo ella fue creada para presenciar el pequeño jardín, cuando me llevas a él, y me besas, buscando mis besos, para que mis labios hambrientos inicien la búsqueda de tu piel vegetal.

¿Es que nadie quiere comprender que mi luna es solo mía? ¿Cómo podría enfrentar el tiempo, las horas del día, mañana, cuando el sol me pregunte donde la he dejado? ¿Cómo soportar su severidad? ¿Y su inevitable castigo?

La ausencia de mi luna también te afecta. En realidad, mi luna es de ambos. Y mi pena es también tuya. Por eso, te propongo lo único que se me ocurre razonable: Ven y toma mi mano. Déjame sentir la tibieza de tu piel, cuando nuestros dedos se entrelacen y formen una mano única entre dos cuerpos que se ansían. Y caminemos. Hacia el este, por donde siempre amanece mi luna; o, si quieres, hacia el oeste. Caminemos hasta que las hadas y los ángeles inventen ruiseñores y abran para nosotros los caminos del encuentro sagrado. Sé que la encontraremos, remoloneando, mientras nos espera.

Blues en tonalidad menor (3)

El celista.

(Wagner Ruiz, ese querido maestro que jamás pudo dejar de ser niño)

La rutina de la mañana se quebró cuando supimos que Wagner, el profesor de cello, estaba perdido. Dos noches sin llegar a casa y dos días de ausencia en la escuela eran un problema complejo. Al mediodía, profesores y alumnos habíamos formado grupos para recorrer los lugares que Wagner frecuentaba.

Era profesor de artes manuales. Sus manos pequeñas y regordetas poseían habilidad angélica. De migajas, hacia paraísos. Un trozo de rama del nogal terminaba en gnomo barbado. Y la trapería traída por las niñas, en una muñeca con vestidos del mundo de los glaciares. Su rostro rubicundo, sus bigotes hirsutos y su humor vivo le hacían distinto y querido. Una noche, en uno de los bares que frecuentaba, ganó una partida de brisca. El más duro de los contendores explicó no tener dinero. “Sólo me queda este cello”. Wagner aceptó el instrumento. Y después - explicaba - No me quedó más remedio que aprender a tocarlo”. Lo hizo con dedicación y pericia. “En una centuria lo dominaré”, decía, pero dos años después tocaba en la Sinfónica.

Los grupos se dispersaron por Santiago. Unos, a la Catedral; otros a la casa del obispo Huerta; cinco grupos se repartieron los bares y restaurantes de los que era cliente. Dos grupos fuimos al barrio de las putas. Golpeamos una puerta. Por una ventanilla enrejada un marica nos informó que la casa estaba cerrada. Nos retirábamos cuando lo oímos: Era la “Barcarola” de Offenbach. Era vívido el terror y el dolor del joven poeta mirando como la amada se aleja en la barca burlándose de su ingenuidad… Los vibratos en la mano de Wagner eran canto y eran llanto. Le dimos al malandrín unos billetes y entramos. Todos estaban en el salón oscuro y raído. Las mujeres a medio vestir, cabizbajas, recostadas en los sillones y sofás. El resto del personal arrinconado entre las sucias cortinas. Wagner, vestido con el frac del último concierto, al centro del salón, sobre un escenario improvisado, con el rostro hundido en su pensar, hacía correr su mano regordeta sobre el mango del instrumento que cantaba en armonizaciones perfectas, limpias, impecables. Las lágrimas corrían por los rostros pintarrajeados de las mujeres. Le escuchaban con devoción, sus sonrisas, heridas abiertas en noches desesperadas, en un silencio sagrado. Por primera vez en su vida, un ángel bueno, aparecido hacía dos noches, había llegado para mostrarles que la música es belleza categórica y plena de emociones y recuerdos. Levantó los ojos y nos vio:

- Hola, cabros, nos dijo. Termino aquí y nos vamos… Estoy muerto de hambre.

Blues en tonalidad menor (2)

El Mensajero

No se trata de andar pateando las tristezas, rumiándolas, con la cabeza gacha, como si fueran piedras. Esta vez, la rabia tiene objeto conocido. Es la calle Santa Victoria, la misma de la infancia, cuando jugábamos la pichanga pateando una pelota de trapo. “¡Este juego es ilegal!” chillaba el anciano jubilado de carabineros. Pero no le hacíamos caso; entonces el anciano entraba a su casa y regresaba con un palo en su mano… Volábamos, entre risas a escondernos en los zaguanes… Diez minutos más tarde continuábamos jugando. Hoy, está todo cambiado. Donde había casas, hay departamentos. Donde había niños y alegría, hoy sólo se pueden ver rostros torvos, próximos a la vejez, cercanos a la muerte, muecas de desagrado, de vacío, de palabras que no se alcanzaron a decir, de canciones que jamás se cantaron. Lo único que aún permanece son los grandes tilos que nos cobijaban en el verano. Pero no sé si este año florecerán. Y los adoquines lustrosos. Pareciera que jamás se gastan, Que tienen más eternidad que nosotros. Y no conocen el miedo. Ese que atenaza mi corazón y mi garganta, porque ya estoy a dos pasos de la casa del Pedrito, ese querido amigo de toda la vida, y no sé si tendré las palabras que se necesitan y la mirada que se requiere y las manos tendidas para tomar sus hombros y recibir las primeras lágrimas, o las primeras maldiciones. (“Pedro, vengo en representación de los amigos...”) ¡No! ¡Qué idiotez! No vengo en nombre de nadie. Vengo porque estaba escrito que fuera yo quien tuviera que venir. Porque todos los demás bajaron los ojos y restregaron los pies contra la tierra. Porque murmuraron en forma casi inaudible mi nombre. Porque “Siempre fuiste su mejor amigo”. Porque no sé que mierda me llevó a esa esquina justo en el momento en que había que tomar la decisión. Y ahí estaban todos: el Pancho, Igor el alcahuete, el Manuel, la loca de la Carmen y el “Lolo Fuentes”. Igual que aquella noche de la lejana infancia, cuando dos guapos se pelearon a puñetazos el amor de la Perla que miraba indiferente, pavoneándose, acodada en el balcón de su casa.


Salió a la calle al primer timbrazo. No esperó mis palabras. Me abrazó, pegado a mí como si estuviera a punto de desmayarse. ¡Qué mierda de puta es la vida!, dijo. Y, enseguida, ¡Llama a los muchachos. Que no se queden hueveando en la esquina. Abriremos unas botellas y cantaremos, para que las penas naveguen al olvido!



Blues en tonalidad menor. (1)

Al reencontrarse, tuvieron la sensación del tiempo vacío, congelado y mudo, en el último rincón de la conciencia, que ahora reclamaba urgentemente su derecho al presente. Ernesto se hundió en las pupilas gris verdosas de sus ojos y le dijo, sonriendo:
- Son como gemas de esmeraldas sin pulir… Esconden todos tus secretos: los legales y los ilegales.
Alma rió con ganas.

- No hables de lo que ignoras, alcahuete querido - le dijo –

Pero una hora después, mientras el especialista japonés, pavoneándose, rumiaba su teoría sobre la rudeza asonántica de la poesía posmoderna y presentaba, sorpresivamente, a Nicanor Parra como un representante del clasicismo, las manos se encontraron y se unieron en un lazo estrecho y suave. Cada caricia de los dedos corría por las venas de los brazos y se expandía a todo el cuerpo, poniendo temblor en la piel aturdida y progresivamente afiebrada. No se atrevían a mirarse. Se aproximaron tanto como lo permitían las sillas. Los brazos y las piernas se unieron y transmitieron su calor y su temblor. El japonés, tan absurdo como su español, parecía estar terminando su perorata. No escuchada. No asimilada. Sin significación alguna. Más tarde, en el salón, durante el cóctel, Alma musitó:

- Supe que te casaste. También yo lo hice. Tengo tres hijos. Y una familia. No puedo, no debo estar contigo.


- Los míos son dos, pero ya crecieron. Construyeron la mitad de sus futuros posibles. En ellos, yo no cuento.


- Es verdad… Pero aún así, están nuestros cónyuges.

- Es verdad – repitió Ernesto -


La habitación del motel era limpia y neutra. Después del amor, queda su escenografía pegada en la pupila como formando parte de la inmensa alegría del placer compartido, después de todo el tiempo esperado, explosionado entre los ojos desorbitados, la respiración acezante y la piel que no quiere dejar ni sus temblores ni su fiebre.


Se encontrarían dos semanas más tarde. Ernesto esperó en el lugar indicado, pero Alma no llegó. Tampoco respondió su celular. Tampoco la tarjeta con saludos que envió a su domicilio. Un amigo accedió a llevar, a su casa, un libro de poemas que ella deseaba comprar. Un hombre abatido abrió la puerta.


- Si, dijo. Aquí vivía. Soy el viudo. Nos dejó para siempre. Su voluntad fue adelantarse al cáncer que ya había empezado sus procesos finales. Bebió un veneno. Antes de expirar dijo un nombre “Ernesto”… Es curioso… Era el nombre de mi padre…

domingo, 14 de septiembre de 2008

EL CASO DE LA RULETA

Puse las últimas dos fichas de cinco mil sobre el 25 y esperé, cruzados los dedos, mientras el crupier echaba a correr la maldita bolita. Fue en ese instante: El hombre hizo una mueca y cayó al suelo. Un médico corrió a asistirlo. Le auscultó y movió la cabeza.

- Está muerto – musitó –

Las tres palabras recorrieron en sordina el silencio del .salón de juegos. El doctor volvió a susurrar:

- Tiene un pequeño dardo incrustado en el cuello… Asesinato… Hay que llamar a la policía.

La endemoniada bola se detuvo en el número 25. Pero ya no había como cobrar. Me acerqué y dije, mostrando mi placa:

- Soy policía –

Calcé mis guantes de tarea y revisé el cadáver. Se trataba de una pequeña plumilla oscura que sobresalía del cuello. Calculé la dirección y nada. Desde donde debiera haber volado sólo había una pared desnuda. Ni siquiera una ventana. Llegaron mis compañeros de la Tercera Judicial y el Comisario Artigas, tirano como siempre, me ordenó que tomara el caso y lo investigara a concho. Después de todo, esta era la primera noche del Casino recién estrenado para promover el turismo de nuestra pequeña ciudad costera. Pedí que cerraran las puertas. El gerente me señaló que el crupier acababa de bajarse del avión. Venía de Barcelona. Sin familia ni amigos. No conocía a nadie. Nadie lo conocía. Tres ayudantes tomaron los datos de los presentes: Sesenta jugadores en total. Todos quedaron citados a mi oficina para el lunes próximo a contar de las ocho de la mañana. Todavía tuve tiempo de beber un vodka – que no me deja aliento alcohólico – antes de retirarme a casa. Esa noche no había descanso. Había un pensar en todas las posibilidades imaginables referidas al asesino… o asesina. Bebí un cubo de vodka, arrellanado en el sillón de pensar, con mi perro, el Comillas a mis pies. De tarde en tarde le ponía un poco de trago en su tiesto de beber. Puse la cueca del Guatón Loyola y me convencí que me daba de cabezazos contra una pared. No tenía por donde entrar. Exploré en un crimen por encargo. También la idea de una equivocación; el dardo iba en contra de otra persona en la ronda sobre la ruleta. Pero eran hipótesis sin fundamento. Tal vez mañana, conversando con los presentes, todos ellos invitados por ser primera noche, pudiera llegar a algo. El Comillas gruñó; el borrachín quería más vodka. Entonces, me dormí.

- ¡Inspector Morocho! – gritoneó Artigas - ¡Cómo se le ocurre cerrar el Casino! ¿Está loco…? ¡Desde el Ministerio del Interior me están reclamando!

El Comillas fue a sus pantorrillas gruñendo feroz y el comisario entró como bólido a su oficina.

- ¡Saquen a esta bestia de aquí! – fue su último grito –

Llamé a don Eusebio, el gerente del Casino, y le autoricé a abrir todas las dependencias, menos el salón de juegos. Luego me dediqué a mis testigos. De los sesenta invitados, cuarenta y cinco eran autoridades del nivel central o regional. Intocables. Harían declaraciones por oficio. “Soy fulano de tal, mi RUT, mi cargo y no tengo nada que declarar”. Doce eran funcionarios del Casino y en el momento de los hechos estaban en sus ocupaciones, lejos de la ruleta. Me quedaban tres posibilidades. Los interrogué. Dos de ellos eran absolutamente gringos. “Mi no sabiendo nothing” “Mi nou hablando spagnol”. La tercera era una dama, doña Elcira, extremadamente nerviosa, que terminó confesando que su marido ignoraba que esa noche estuvo “sola” en el Casino. Era una posibilidad.
A las once de la mañana el Comillas me tironeó el pantalón. Era el momento en que bajábamos al bar del coño Méndez. Yo pedía un café y el Comillas sorbía una taza de café con leche. Pero esta vez el bribón puso su mano en el borde del tiesto y derramó su contenido. Una empleada limpió el desastre. ¡Mierda! ¡Propina doble! El Comillas me mordisqueó la pantorrilla. Tenía sed. Le pedí una cerveza helada que el borrachín bebió con ansias de resaca.
En la noche repetimos el rito. Mi cubo de vodka helada. El Comillas a mis pies, esperando su ración de trago. Y la cueca del Guatón Loyola. Es que el gordo me levanta el ánimo. Me hace ver que hay otro más aporreado que yo. Lo imagino guapeando y recibiendo golpes hasta terminar debajo de las mesas, de puro aniñado, mirando a la comadre Lola.

- La solución tiene que estar en el salón de juegos – musité – Y el Comillas, en su segundo vodka, ladró dos veces haciendo gorgoritos que es su forma de decir que si.

Al día siguiente pasamos horas revisando el salón. El Comillas olisqueaba por todos los rincones. A la entrada, doce tragamonedas. Al centro, dos mesas de ruleta, una de veintiuno y otra de siete y medio. Un pequeño saloncito con siete sillones mullidos, al lado del bar. Allí había pasado un par de horas Monseñor Correa que bendijo las instalaciones. Pero el salón no habló. Mi instinto me decía que tenía que volver. Allí algo, que aún no percibía, tenía las respuestas.
Tirado en mi sillón de pensar, me sentía enfermo de nostalgia, de soledad. Sentí que rascaban la puerta. Abrí. Una cosa pequeña y peluda cruzó a toda velocidad por entre mis zapatos. Era un gozque de pocas semanas. Patas breves, barba y mostachos y un pelaje que iba desde un rojo suave a una gruesa línea negra en el lomo. La cola parecía un signo de interrogación encaramado. Me hizo reír. Lo invité a salir. Pero el canalla recorrió todo mi hogar olisqueando los rincones. Fue a la cocina. A la mesa del comedor. Al dormitorio. Recorrió lentamente la cama y finalmente fue a mi sillón de pensar, se echó a lo largo de su mísero cuerpecillo y se durmió. ¡Qué tal!, musité, esta cosa parece que aprobó mi hogar. Cerré la puerta. Me acerqué para enviarlo de regreso a la nada. En vez de eso me senté, pensativo, y el perrillo puso su cabeza sobre uno de mis pies y gimió, como pidiéndome paciencia. Pensé, mañana, al irme a la oficina, lo pondré en la calle. No lo hice. Postergué el desalojo para la tarde. Cuando llegué el bribón me esperaba con una rutina de baile enloquecido a ras del piso, acompañada de ladridos cortos en gorgoritos; se sentaba y con sus dos manitas se peinaba las cejas y los bigotes. Luego corría todo el espacio arrastrándose como una lombriz. Me miraba y volvía a peinar sus pelos chascones. Me hizo reír la pantomima y el diablillo terminó su danza trepado sobre mis rodillas. Entonces pensé: “Este es mi perro”. Y se quedó, para siempre. Es mi compañero y mi ayudante. Ayer fuimos por cuarta vez al salón de juegos y lo volví a recorrer. En algún momento el Comillas hizo el gesto de “Tómame en brazos”. De mis brazos saltó a la mesa de ruleta. La recorrió olisqueando una y otra vez. Y de pronto, su ridícula cola se escondió entre las patas, una mano levantada y la nariz mostrando un punto de la mesa. Es el gesto de “Observa lo que hay aquí”. Revisé con cuidado sumo. ¡Y ahí estaba! Una perforación minúscula, de base plastificada, en el mismo color de la baranda. Justo en el ángulo que siguió el dardo para alojarse en el cuello del crupier. Lo demás era deducción. Por fin tenía el cómo de los hechos. Pero me faltaban los por qué y los quiénes. Acaricié al Comillas. Se había ganado ración doble del cubo de vodka, para la noche.
En la conferencia de prensa, el comisario Artigas respondió con su acostumbrado cinismo:

- Mi investigación dio sus primeros frutos. Encontré el arma. Es un aparato que funciona con presión de aire. Instalado frente al crupier. Es activado al marcar un número en el celular. Ingeniería pura. Estamos frente a un asesino con conocimientos tecnológicos en la construcción de armas. No informaré más hasta tener el nombre del culpable. Estoy muy cerca de ello.

-El maldito…! El inspector Gordillo, muerto de la risa, me consoló.

- No le hagas caso. El weón es así, deshonesto. Olvídalo. Bajemos al bar del coño Méndez. Pediremos unas cervezas… y conversaremos… hasta que las velas no ardan…
En la tarde conversé con Lita, la tanatóloga. Me marea con sus ojazos verdes. Y con su cuerpo virginal, de bailarina. Converso con ella y me quedo a medio hablar. Como un idiota. Ella sabe lo que me ocurre. Y sonríe. Me pregunta por mis días y me dice que ya está bueno de soledad. El Comillas la adora, casi tanto como yo. Pero no me atrevo. Aunque la sueño frenética, en mi cama, exigiéndome más de todo lo que soy capaz de dar. Entonces, Lita vuelve a sonreír, como si supiera lo que estoy pensando. El Comillas mordisquea mis canillas. El bellaco me está empujando: “No seas cobarde. Invítala”, pero qué puede saber un maldito cachorro sobre lo que estoy sintiendo.
El informe de Lita fue sorprendente. El dardo utilizado no hubiera hecho más daño que una ligera inflamación. Pero estaba impregnado de veneno: ¡Curare! suficiente para acabar con todos los presentes. El crupier estaba muerto antes de caer sobre el piso. Había premeditación. El artefacto fue activado para matar. Lo imaginé frío, sanguinario, marcando el número del celular y observando como el pobre hombre se doblaba en dos y moría sin comprender lo que estaba ocurriendo. Luego siguió jugando, o conversando, mientras terminaba su tercero o cuarto whisky. Lo odié al sinvergüenza.

-¿De dónde diablos sacaron el curare? – pensé en voz alta –

- Dame unas horas, dijo Lita. ¿Te parece que nos encontremos esta tarde, a eso de las siete, en el bar del coño Méndez? Para entonces sabré de donde salió el veneno.
Mi corazón brincó alocado. Finalmente estaríamos un rato juntos, fuera de su laboratorio o de mi oficina. Quizás… quizás… Miré al Comillas. Se peinaba bigotes y barbas y de su garganta salía el co-co-co de los momentos felices.

-Este no quiere entender que no es una gallina – dije un poco avergonzado –

Y reímos. Y la risa de Lita era como el canto de las caracolas a orillas del mar océano
Había que volver a los personajes. Interrogué a los empleados del casino. Coincidieron en que sólo cinco personas habían utilizado celulares. El gerente; la mujer, llamada Elcira, casada con un ingeniero de la marina, experto en armamentos de alta eficiencia; el Obispo Correa que pasó un par de horas arrellanado en uno de los sillones haciendo durar un vaso de menta frappé; y los dos norteamericanos. Estos últimos ya estaban fuera del país; por tanto las sospechas sólo iban en dos direcciones, Elcira y el gerente, don Eusebio. Por cierto que ni pensar en monseñor.
Fue fácil colegir que Eusebio y doña Elcira eran amantes. Al principio lo negaron rotundamente, pero unas fotografías puestas en mi mano por uno de los empleados, rompió sus negativas. Se amaban desde hacia tres meses. Pero Elcira no quería romper su matrimonio con el oficial. La Marina es estricta en este sentido. Sería el final de la carrera de un hombre bueno.
Tuvimos una reunión de pauta y Artigas dio por cerrado el caso. El arma había sido preparada por el marido engañado, el único que tenía los conocimientos necesarios. Me ordenó detener a los tres implicados: el gerente, la mujer y el marido. Estaban clarísimas las conexiones, la oportunidad y la causa. Le dije que no:

- Es una solución demasiado simple, señor comisario. Siento que nada encaja. Hay que seguir investigando.
Artigas se puso morado. Pateó el piso.

-¡De nuevo con su indisciplina, inspector Morocho! ¡Usted y su perro pulgoso…! ¡Estoy dando una orden!. Me exigen que el Casino vuelva a funcionar. Gordillo, haga usted las detenciones.
Gordillo lo pensó unos instantes, luego dijo:

- Pienso igual que mi colega, comisario. Es muy temprano para hacer detenciones.

-¡Mierda! – exclamó Artigas – Les doy cuarenta y ocho horas. Entonces procederé.
En la tarde me reuní con Lita. Venía hermosa, como un sueño. Olía a ternura. Pedí tres vodkas. Nos trajeron las dos copas y la tercera porción en un pocillo dejado en el suelo para el Comillas. En nuestro país – dijo - no hay como conseguir Curare. El asesino lo trajo de Centroamérica o Brasil. Dejamos de hablar del caso. Dos copas más y Lita me pidió conocer mi casa. Fuimos. El Comillas se instaló sobre el sillón de pensar y escondió su cabeza entre las manos. Era el gesto de “No estoy. No te veo. No te escucho”. Dejé a su alcance un pocillo lleno de cerveza. Entonces fuimos al dormitorio. Nos besamos. Nos desnudamos y tuve la noche más maravillosa de toda mi vida.
Investigué las llamadas. Elcira hizo tres. Una a su marido y dos a Eusebio para decirle que lo amaba. Eusebio hizo ocho. Seis a distintos lugares del Casino preguntando por las tareas programadas y otras dos a Elcira para decirle que también la amaba. No había llamadas perdidas. Ninguna de las realizadas podría haber activado el arma de la mesa de ruleta. El marido de Elcira, ocupado en un Cursillo para oficiales, en Antofagasta, a mil kilómetros de distancia, no utilizó su celular. Sólo quedaba una posibilidad. En mi sillón de pensar se olían los restos de la noche del Comillas. Lita me previno. No podía seguir siendo un borrachín. Pero, ¿Cómo cambiarle el vodka y la cerveza por agua…? Capaz que el bellaco me abandonara. Y no sé qué haría sin su compañía impertinente… y sabia. Monseñor había usado muchas veces su celular. Tenía llamadas perdidas. Y números sin destinatarios. Lita, otra vez. ¡Demonios, estaba enamorado! Sólo pensar en Lita me enloquecía. Sentí ganas de reír… Esto no podía estar pasándome… Me había prometido una vida de soledad… Pensé que no podía compartir el riesgo de mi profesión con una compañera… Pero Lita… Era como pisar las puertas del paraíso… Como beber el elixir de los dioses… Una larga promesa de placer infinito. Se había metido en mi sangre como un veneno… ¡Claro…! ¡El curare…! ¡Sólo una posibilidad! ¡Cómo quisiera estar equivocado! Fuimos al salón de juegos y lo recorrimos. El Comillas se acercó a los sillones, los olisqueó e hizo el gesto de “Observa aquí”. Le dije “Ya lo sé” y el Comillas se restregó contra mis piernas. Un pequeño ladrido en gorgoritos me dijo “No tengas pesar”. Monseñor Correa había conversado largamente con el Ministro del Trabajo y con el Director de Deportes y Recreaciones. En ambos casos había rogado “Por mis pobres, señor…” “Es que la cesantía duele como mil cuchillos atravesando el pecho…” “Es un problema de dignidad, señor Ministro…” Estudiaremos el problema… Si, hay posibilidades de utilizar la caleta como fuente de trabajos industriales…” “Es que mis niños, señor Director, necesitan espacios de recreación… Tal vez un estadio en los terrenos del bajo, en la caleta…” Y “Si, monseñor…. Podemos canalizar algo de financiamiento sin uso previsto…” Imaginaba el corazón de ese hombre bueno… y sus sueños ligados al destino de sus pobres, de sus niños… de ese magma ardiente en donde florece el delito… ¡Carajo! ¡Era el mundo que yo y el Gordillo y todos mis colegas conocíamos… desde dentro! Y era verdad, dolía como mil cuchillos atravesando el pecho desnudo de defensas…
Finalmente pedí la entrevista. Monseñor Correa, en persona, me dijo amablemente que me esperaba, “Mañana, a las diez y media, ¿Le parece?”
Fuimos con el Comillas al bar del coño Méndez. Al segundo cubo de vodka estábamos borrachos.
Finalmente Lita me convenció. Viviremos juntos. Venderemos nuestros departamentos y compraremos una casa. “Quiero cuidar un jardín” me dijo. Y yo pensé que quiero cuidar de ella y del Comillas.
Pedí una reunión de pauta. Dije:

- Ahora puede cerrar el caso, Comisario. No hay evidencias suficientes que permitan encausar a Elcira, su marido y don Eusebio. Si se les detiene el Departamento deberá enfrentar un chasco de proporciones. La prensa nos hará picadillo. Y tendremos que sufrir una contra demanda.
Me pidió explicaciones. Analizamos uno a uno los argumentos que proporcioné. Finalmente todos manifestaron estar de acuerdo conmigo.

-Pero necesitamos un culpable – ordenó Artigas – No aceptaré el cierre del caso sin un inculpado que pueda ser procesado. El caso ha golpeado fuerte en la población.

-No puedo ofrecer culpables, señor comisario.
Entonces, otra vez el berrinche de Artigas, peor que pelea de borrachos en la cantina. Iracundo, nos maltrató a todos. Lo más suave es que somos un hato de ineficientes. Gordillo se acercó a mí y preguntó:

-Ya lo sabes, ¿Verdad?

- Amigo – le dije – el Comillas y yo te invitamos ahora: un balde lleno hasta el borde de lo que quieras… Cerveza, wisky, vodka… lo que quieras…

- Pero ¿Lo sabes?

- ¡Qué importa…! ¡Ah, Gordillo, amigo mío…! ¡Qué importa…!
Monseñor me ofreció una taza de café. Me miró a los ojos, profundamente. La suya era una mirada acostumbrada a las miserias, a la observación de la tristeza. Supo perfectamente a qué iba.

- ¿Y bien…?

- Usted, monseñor, estuvo en la Reunión de Obispos en Recife…
Su mirada estaba anegada en lágrimas.

- Si, hijo mío. De allí lo traje. Es que me ordenaron bendecir ese lugar… demoníaco… Me enfrenté a un dilema moral espantoso. ¿Sabe usted lo que significa un casino donde se juegan enormes cantidades de dinero cuando hay una población de miles de pobres sin trabajo? ¡Hombres con su dignidad mancillada…! – murmuró sombrío - Algo se hizo trizas en mi interior… Creí que lo que hice sería suficiente para cerrar para siempre el Casino… ¡Qué Dios me perdone…! ¡Paso las noches llorando…! ¡Qué estupidez más inmensa…!

-¿Qué haremos, monseñor?

- Usted debe cumplir con su deber, señor detective…

- Monseñor… Pedí cerrar el caso… sin culpables…

- Entonces… dejaré la sede episcopal… Iré a Roma y pediré al Santo ADp Padre que ejecute mi castigo… Quizás terminaré mis días en algún monasterio, en algún remoto lugar de Europa, con voto de silencio… Para siempre…

- Monseñor – dije – Soy agnóstico… pero… le ruego que sus manos… me bendigan…
Esa tarde, después de beber unos tragos con Gordillo, sentí que el Comillas tiraba de mi pantalón. ¡Carajo! No podía quedarme más tiempo. En casa me esperaba Lita. Añoraba sus caricias. Y sus brazos y su pecho, para refugiarme en ella. Sin pensar. Sabía que esta vez el Comillas pediría su espacio de ternura. Y se dormiría entre Lita y yo.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

ANTONIA

El espejo reflejó su cuerpo perfecto: pequeña diosa morena, hecha de cerro, bosque y río. Fea de tez, pero diosa. Sonrió. Sus manos ávidas, ardientes, recorrieron los pechos, el vientre, el sexo gordezuelo y terso.
Hubo unos minutos de descanso durante el ensayo. Andrés se aproximó y se dejó caer, a su lado, sobre las tablas pulidas. Otros bailarines, cubiertos con mallas de colores o vestidos de china y huaso, yacían tendidos en la posición de descanso que les enseñara, tiempo atrás, Mauricio, el director del grupo. Andrés hizo tintinear las espuelas.
- Suenan como mi corazón... si quisieras oírlo - dijo. Ella rió -. No te burles de mis tonterías - continuó -, a ti te agrada escucharlas.
- ¿Qué harás a la salida?- Te acompañaré, Toñita... si quieres conversar un rato.
- Hoy día no. Carlos me estará esperando.
- Toñita, eres una pequeña diosa, morena y puta -. Un instante de ofendida sorpresa, esfumada ante la sonrisa abierta del hombre -
- Eres un grosero - reclamó.
- Toñita, no pretendo ofenderte ... Carlos te espera, pero me dejas quererte ... ¿No entiendes como me matas de celos?. Entonces...
- Entonces ocurre que tienes mujer...- ¡Mi mujer! ... ¡Otra vez tu incomprensión! ... Cuando estamos juntos nada más importa: Sólo tú y yo ... y la felicidad prometida, Toñita ... ... ¿Sabías que la felicidad consiste en esperar? ... En saber que puedes esperar... Yo te aguardo ... No importa cuanto demores en llegar a mi ...
- Y ocurre que estoy por casarme ...- ¡Ya chiquillos! ... ... ¡Terminó el descanso! - Mauricio se mueve como sin tocar el suelo. Sus caderas estrechas y fuertes oscilan amaneradas. Sus manos largas y muy cuidadas les llaman con gestos de ave y nubecilla primaveral .
- ¡Vamos al cuadro tercero : La Mazamorra!Los bailarines se levantan. En un rincón, los músicos dejan oír los primeros acordes de afinación. Al ayudarla, Andrés la atrae hacia si. Por unos instantes ambos cuerpos se funden, se sienten. No es rechazado. Hay olor de axilas trabajadas, de muslos y sexos entrelazados. Las guitarras, por fin, abren armonía y movimiento. Los pies, las manos, los rostros se entremezclan en la danza primitiva: cuerpos, tierra oscura esperando semilla y fruto; antigua selva, no conocida, pero presente, latiendo en la sangre bullente, en el olor a hierba, a flor silvestre, a nogal, a canelo, litre, araucaria y laurel que impregnan el espacio y la piel, la mente y el movimiento. (…Cuerpo de diosa morena entregada a la fiebre de desear y no querer. De querer y no atreverse…)
El espejo es tan simple y transparente como Andrés. Nada calla. Ni las manchas oscuras de las mejillas, ni la rotunda belleza de los pechos erectos, ni la expresión de fastidio en sus rasgos de hembra del sur.
Nada de esto - piensa Antonia -, revestía importancia allá en la Provincia, en su casa aledaña al río Hualén, cerca de los cerros gemelos conocido por los lugareños como el “Tetas de la Monja” El cerro protegía la casucha de quinchas e impedía imaginar horizontes y lejanías. Había también el puente : un tronco inmenso, de araucaria, partido a golpes de hacha, tendido entre la callejuela nacida en la puerta del rancho y la otra ribera abierta a la ruta de los camiones que bajaban del aserradero, en Nacimiento. Entonces no había olores de cuerpos encerrados en un salón de ensayos. Tampoco, urgencia seminal en el vientre, dolorosamente excitado.
Ropa interior de fibra sintética, suave, casi sin peso, pegada a su piel como otra piel. Falda estrecha y corta. Blusa y chomba en perfecta armonía con la falda. Y ya en la calle, el camino diario a la tienda: ocho horas entre el mostrador y las cajas de calzado en tanto, más allá de las vitrinas, cruzan hombres y mujeres anónimos durante las mismas ocho lentas y agobiantes horas. Antonia se pregunta qué hacen esas personas. ¿Sólo caminan, como el apresurado ir a ninguna parte de las hormigas sobre la hierba? ¿Hay algo al final de sus afanes? ¿Saben, con mínima certeza, hacia dónde van...? Mirar a través de las vitrinas como transitan... ¿Esto es, en definitiva, la vida?
- Hola Carlos - Un beso leve, suspirado entre los labios de ambos. El muchacho pasa un brazo sobre sus hombros
- ¿Vamos al Indiana, verdad?
- Claro. Como todos los días.
Un café. Un emparedado con pasta de paltas o de huevos. Toña le cuenta del Grupo Folklórico. El Cuadro de la Mazamorra está casi listo. Y también están concluidas las conversaciones para la próxima presentación. Han cambiado el nombre de Grupo a Ballet. Existe la posibilidad de obtener financiamiento municipal. En tal caso, Mauricio piensa en una gira por todo el país.
- ¿Durante mucho tiempo? - pregunta, inquieto, Carlos.
- Sólo un par de meses... Talvez, uno solo... Posiblemente en Septiembre. De todos modos es bueno que estemos separados algunas semanas antes del matrimonio...
- Antonia ... ¿Hay otra persona? - pregunta Carlos al cabo de un largo silencio.
- ¡No...! ... ¡Cómo se te ocurre tamaña tontería! (…Hablar de Andrés ... Ni siquiera debiera pensar en él. El es ... sólo un juego ... un juego de las tardes de ensayo ... un juego ... de los sentidos ... Y del cuerpo ... Del sexo ansioso que está exigiendo el abrazo fuerte del hombre ... Pero no tiene caso ... Es mejor no pensar ... ni sentir ... )
- Carlos ... - musita -, ¿Me deseas, verdad?
- ¡Qué cosas...! Si no te deseara no me casaría contigo... Pero decidimos hacerlo sólo después del matrimonio ... No me agrada hablar de este tema ... tú lo sabes.
- Es que...- ¡Por favor, Antonia!- ... Nunca me demuestras nada...
- ¿Me estás pidiendo que te lleve a un motel?- No, cariño... No quise decir eso ... Perdona ...
En los Bajos del Hualén no había moteles. En las mañanas, cuando el sol alumbraba tempranero sobre el cerro, Toña remontaba el río de aguas oscuras, se desnudaba y, recostada en las arenas, dejaba que el agua lamiera, incansable, su cuerpo. Había olor a moras maduras y a mote de trigo macerado con lejía. El Manolo la pasaba a buscar después del desayuno. Montaba en las ancas y partían, al paso de la bestia, rumbo a la escuelita hecha de adobones. El regreso a las casas, con mucho sol o mucha lluvia, era un torbellino de risas y comentarios compartidos con los otros jinetes que también seguían rumbo de río y zarzamoras. A veces se detenían a mitad del camino a comer los restos de la galleta y la fruta caseras. Las niñas, sentadas en la orilla del río, con los pies anchos y terrosos hundidos en las aguas, esperaban a los muchachos desnudos mientras cruzaban las aguas turbulentas en una competencia de destreza y fuerza germinal.
Tarde de martes. Antonia colgada del brazo de Carlos, caminando apresurados las calles del centro urbano. Primero, a cancelar la letra del amoblado de dormitorio. Escalera de mármol artificial. Arriba, el funcionario de sonrisa artificial; luego, el artificio de un papel que representa varias semanas del trabajo de ambos.
- ¡Menos mal! ... Es la última letra.- Pero si me hubieras escuchado habríamos pagado menos. Entiéndelo, Antonia. Déjame las cuentas. Tú no sabes manejar el dinero.
( …¡Claro! ... Y antes fue lo mismo con el refrigerador. Y será lo mismo con el comedor, y con el televisor... Y el amor, Carlos ...., ¿para cuándo…? )
- Apurémonos; así alcanzaremos a ver el comedor. No es de gran calidad, pero sirve para empezar.
- Como tú quieras, Carlos.(“Este par de zapatos no me queda bien, mijita” . “Traeré otros, señora ... ¿En el mismo tono?” ... “¡No! ... le digo que no me gustan estos colores modernos... ¡Parecen zapatos de payaso! ... Tiene que ser algo apropiado a mi edad; pero nada de blanco, ni negro, ni café, ni menos azul... Y esta horma no me acomoda. Se me ve el pie como empanada”. “Vuelvo enseguida, señora”. “Señorita Antonia”. ¿Si, don Luis? “Permítame. Yo atenderé a la dama”. “Como usted quiera, don Luis ...”)
- Mañana iremos a tomar once con mamá. Antonia, esta vez...- Me portaré bien, querido ... No temas.
(Y yo, ¿Cómo elimino el miedo?... Las luces del escenario brillaban como fumarolas encendidas dentro y alrededor mío. No veía nada. Unicamente los rumores y las sombras de mis compañeros, tan asustados como yo. Sólo la voz chillona, en sordina, de Mauricio en sus últimas instrucciones. Voz de histeria y de autoridad. De fuerza y temblor. “Mercedes, recuerda los esguinces de cintura ... Margarita no vayas a tropezar en el zapateo de la cueca chilota ... Atiendan a las pausas ... Recuerden: ¡Manda el Arpa! ... ¡Son un solo cuerpo! ... Y sonrían... ¡Por la cresta, sonrían...! aunque se estén muriendo de terror...” ¿Dónde estabas Andrés? ... ¿Dónde estabas?...) Y, por fin, los aplausos y las felicitaciones. Los camarines transformados en orgía de abrazos y comentarios. Mauricio ya no camina. Vuela. Se ha hecho dueño del espacio que recorre de un extremo a otro. En éxtasis. Andrés sonríe tranquilo. Y la espera.
Antonia rehuye recordar la fiesta del matrimonio de su hermana mayor. Hermanos y parientes fueron y volvieron, durante el día, llevando hasta la casa los fiambres, la vajilla y los chuicos de vino cruzados sobre el arzón de las monturas. Mientras iban a la Iglesia del pueblo, a recibir las bendiciones del cura, ellas permanecieron en casa terminando de preparar los asados, las cazuelas y las mistelas. La abuela, arrugada parra anciana, pulsaba la guitarra y recordaba parabienes y cogollos. El sol traspasaba la delgada blusa de Toña y hería la superficie de sus pechos erguidos. La noche se hizo pronto. Algunas velas colgadas del parronal hicieron más negro el negror del cerro y más denso el rumor del río. La abuela y otras cantoras de la región se turnaban en el desgrane de las cuecas. Los invitados las bailaban. Casi no había voces humanas. Solo la voz cascada de las cantoras, los rasgueos de las guitarras y la respiración entrecortada de los bailarines. El Manolo dormitaba, borracho, en un rincón con su último vaso de mistela aún en las manos. Entonces Antonia se sintió arrastrada en dirección al río. No luchó ni gritó. Se dejó llevar para caer entre la hierba húmeda y olorosa. Permitió que sus vestidos fueran arrancados con brutalidad innecesaria. Aceptó la boca anónima mordiendo su cuello y atenazando sus pezones adoloridos e hinchados como guindas morenas. Un gemido breve y amordazado, temeroso de ser oído, se unió al lamento del río que bajaba hacia el mar océano.
Caminar la ciudad con Andrés, después del día, cuando las sombras invitan a macerar fantasías. No está segura de si es hábito o necesidad. Sólo se deja llevar, como la savia que recorre los troncos, las ramas y las hojas; continua y blanca, sin saber que conduce asombro y belleza. Los segundos se eternizan en el juego de las sombras y de las palabras escasas y sordas. A veces pretenden seguir el rumbo de una estrella pálida y lejana. A veces piruetean, casi bailando, los perfiles distorsionados de árboles y paredes en la sombra pavimental. Casi no conversan. Como si hubieran descubierto la mágica inutilidad de las palabras. Caminan. Se miran. Se piensan. En ocasiones Toña se cuelga de la mirada de Andrés y encuentra el espejo elemental de sí misma. Nada que preguntar. Nada que afirmar o negar. Nada de que decir si bueno o si malo. Simplemente dejarse llevar como la savia, como las aguas del río, como el viento cuando baja desde las cumbres de Nacimiento, cruza por su rancho y continúa, vagabundo, hacia la nada. Caminar. Mirar. De vez en cuando, reír.
Andrés ha tomado una de sus manos. Toña siente cómo los dedos de Andrés penetran sus dedos. El roce es suave, quedo y sensual. Entrecierra los ojos y se estremece. Está desnuda y pequeña, dentro de las manos de Andrés que la cubre y acaricia.
- ¿Sabes, Toñita...?, quiero besarte.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué debe haber un por qué? ... Necesito besarte.
- ¡No!- De nuevo mi mujer y Carlos, ¿Verdad?.
- Sería deslealtad... y ... frescura.
- No, Toñita. Sería frescura si te robara un beso... Pero tú lo deseas tanto como yo.
Han llegado a la esquina. El bus se acerca a desgana. Andrés musita un “hasta mañana”. Antonia le atrae. Pega su cuerpo al del hombre y le ofrece sus labios. El bus les alcanza y les deja atrás. Atrás quedan también los recuerdos. Y la mujer de Andrés. Y Carlos. Y un cerro oscuro en donde rebota y eca el canto sordo del río. Y las hierbas húmedas y estremecidas.
Cuerpo de diosa morena. Fea, pero diosa. Su habitación es pequeña. Casi no hay muebles. Sólo el estante de su ropa, el espejo y la cama en donde noche a noche sueña la aventura gestal. Siente sus músculos laxos. Su respiración es profunda y tranquila. Los párpados cerrados hacen de su rostro imagen de bosque, río y montaña. Semidormida, sonríe y recuerda. Y piensa en el próximo día: mañana la vida será distinta.
Habrá algo para esperar.

martes, 9 de septiembre de 2008

EN UNA TARDE DE LLUVIA

-No, niña mía. Es que las leyendas de la infancia siempre usan un lenguaje oculto, enmascarado... talvez para que los niños retarden la comprensión de cuanto les espera. Te narraré la historia verdadera.

-Es cierto. El sapo aceptó llevar a la alacrana sobre su espalda para cruzar la laguna. La vio herida, pequeña, hermosa, inalcanzable. Su corazón latió como nunca antes, inflamado, lleno de incertidumbre.

Cualquiera afirmaría que basta un pequeño esfuerzo para llegar a la ribera opuesta, pues tú sabes cómo es de pequeño el espejo de agua, en el límite entre el jardín y el bosque. Pero no, el viaje demoró seis meses extensos, inagotables. Ambos sentían, mientras las horas desgranaban lentas la vida, que el azul de las aguas era más profundo, que el brillo de las estrellas, en las noches de posesión y entrega, era más cálido y más puro, que el aire traía perfumes de todas las hierbas y flores de una primavera eterna, florecida sólo para ellos. Se amaban. Con un amor sin término, sin extenuación de los sentidos, pues cada vez surgían más misterios para resolver, más preguntas para responder, más urgencias de ternura, más necesidad de la piel del otro, de la mirada del otro, de las manos del otro recorriendo las geografías infinitas de los cuerpos.

-Eres hermoso, ella le repetía.-No, mi amor - decía el sapo - mi raza es fea. Mis ojos no tienen el brillo constelado de los tuyos. Mi voz carece de la suavidad de la tuya. Lo único que tengo es mi canto... pero ahora, te pertenece.

Una tarde, por fin, se acercaron a la orilla: límite de tierras y aguas. Horizonte perdido en el insensato impulso por recomenzar. Porque allí la laguna tiene su término y, más allá, el bosque exige la incomprensible independencia de la soledad.

-Se trata de mi naturaleza de alacrán ...intentó explicar -. Ha sido siempre así, desde el comienzo de los tiempos. ¿Cómo eludir este impulso?. ¿Cómo no hacer lo que debo?. ¿Podrás entenderlo, cariño mío?

-Casi estoy tocando la tierra con mis pies - dijo el sapo -. Podría dar la vuelta e inventar otra ruta para tenerte más tiempo conmigo. Pero también está mi propia naturaleza... ¿Crees que hay posibilidad de olvido?... ¡Ah, el rumor persistente de las aguas. Y de la noche que viene! ... ¡Ah, el lejano canto de los zorzales, en nuestra primera aurora!

-Ya no es posible la poesía, cariño mío. Entiéndelo. Por favor, entiende. En unos cuantos minutos más mi aguijón lleno de ponzoña mortal entrará en tu cuerpo. Morirás. Y yo tendré de nuevo la libertad. ¿Qué soy sino una libertad para realizarse?. Volveré a la soledad. No es mi primera soledad, tú lo sabes. ¡Cuánta absurda condena! Pero, ¿Puedo hacer otra cosa?

-No lo sé. Siento que te amo. Más que nunca antes. Pero haz lo que debes hacer.

-¿No te preocupa la muerte?-¿Por qué? ... A cada instante muere la vida para que la vida renazca. Mira en tu rededor: Esas bellas hojas amarillas, esas gotas azulencas que bajan acariciando el cuerpo de los árboles, esa mariposa que dibuja sobre las rosas su vuelo de consumación... todo está muriendo.

-Es que nunca lo entendiste. Yo lo quería todo. Absolutamente todo. ¿Para qué continuar diciendo palabras o recitando poemas?. No puedo conformarme con migajas. Los restos del banquete son para los siervos. Yo te quiero intensamente mío. Quiero que hasta el último de tus pensamientos me pertenezca. No puedo aceptar que pierdas tus fuerzas nadando para cruzar la laguna. No puedo aceptar que todas las noches eleves tu canto de amor a la Luna. Odio todo cuanto me separa de ti. Odio tu nadar. Odio la luna. Odio tus pensamientos lejanos. Odio tu canto... Además, desafinas... ¡No me mires con esos ojos!... No soporto tu tristeza... ¿No ves como se refleja hasta en el último rincón del cielo y de la tierra?

El sapo cubrió las últimas aguas y se acomodó sobre tierra firme. Abruptamente su rostro terso se llenó de grietas, mientras su cuerpo se estremecía de dolor. Fue absolutamente inédito. Por primera vez en toda la historia de la laguna, la lluvia brotó a mares de los ojos de un sapo y no de la matriz lejana de las nubes. El universo se quebró en un silencio repentino, profundo, respetuoso.

-¡Es el colmo! -Dijo la Rata -. Es inaceptable que pretendan modificar nuestras costumbres en esta forma. ¿Qué se les ocurrirá mañana?

-Vaya, vaya... - Reflexionó el Búho - Es un signo de los cambios que se están experimentando. Habrá que acomodarse con los tiempos nuevos.

-No lo había visto jamás - cloqueó el Gallo - y corrió desalado a proteger el gallinero.

-¡Qué par de tontos! - Dijo la Lloica - Podrían seguir amándose y el mundo ni se enteraría.

-¡No entiendes nada! ? Replicó el zorzal - ¿No te das cuenta que se aman hasta el mismo límite de la imaginación?

El aguijón de la alacrana, completamente curvado, repleto de veneno, vibraba enloquecido buscando el cuerpo de su amante. Pero en el último instante se desvió y se enterró profundamente en su propio cuello. Sólo alcanzó a estirar su mano para tocar por última vez el rostro de su amado. Le dijo:

-Cariño mío...El sapo, atónito, la acarició, mientras sentía como sus órganos, uno a uno, se rompían. Un último beso sobre los labios helados. Una última mirada a la inalcanzable Luna, ya imposible en pensamiento y deseo. Un último sollozo, lleno de sangre y fuego, desparramándose como lava hirviente sobre su piel.

-¿Te das cuenta? - Dijo la Lloica -Inutilidad. Y tontería.

-Talvez continúan juntos - aventuró el zorzal-.

-¡Qué importancia podría tener!. El mundo sigue igual que antes. Una absurda y entremezclada confusión de mito, realidad y sueño.

Eso fue todo, niña mía. La noche volvió a plagarse de rumores y cantos. Laguna y bosque descansaron hasta el nuevo amanecer.

EL ULTIMO MAIL

Para Sonia, único manantial de mi sed.
Mía signora, donna Antonella dell anima mia:
¿Sabías que esa expresión no me pertenece? La usaba el Cid, cuando hablaba a su mujer: "Mi señora, doña Jimena, del alma mía", le decía. La he rescatado de su sueño medieval para hacerte saber qué estoy sintiendo, desde que te conocí, en esta página Web.
¡Qué forma más miserable de iniciar y mantener una relación! (...Esta odiosa lejanía me niega la mirada de tus ojos y el olor tus cabellos... Me impide transitar, con mis ojos, con mis manos, por la senda sin término de tu piel...)
Pero hoy, he llegado al final del camino. No veo encrucijadas, que pudieran ayudarme a mentir posibilidades para extender el tiempo. No dispongo de sendas alternativas. No tengo posibilidad de regreso... Y si las tuviera, ¿Regresar adónde...... Y a qué?
¿Recuerdas cuando mi ciudad fue asolada por la Gran Bestia? (La nuestra era una bestia pequeña. Solía disfrazarse de duque renacentista: Grandes capas de raso, hermosas y relucientes botas, al estilo Goldwing Mayer, pero todos sabíamos que obedecía a pies juntillas a la otra, a la grande, a esa que vive más al norte). Una mañana, al despertar, la ciudad estaba llena de carros grises, poderosamente artillados. En las calles, los uniformes, erizados de metralletas y cuchillos corvos, se movían con una sincronía de espanto. Mis noches se transformaron en pesadilla constante. No había descanso, sólo el temblor incontrolable del miedo. En medio de la noche, cada ruido me hacía pensar: "Ahora vienen por mi".
Quemé mis libros, antes que los mandaran a la vergúenza de la hoguera pública.
Ya no estaban mis amigos. Algunos fueron destrozados: Rotas las manos que ponían romanzas en las guitarras; despedazados los labios que cantaban a la vida y a la esperanza. Otros desaparecieron. Unos pocos lograron huir: Fueron lanzados a los cuatro vientos, para caer en tierras de cualquier lugar del mundo.
En uno de tus mensajes me regalaste tu fotografía. Me he embelesado mirando tu imagen: El largo de tus cabellos que adivino suaves como la piel de las vicuñas; la forma de tus labios gordezuelos y llenos, el rictus de tristeza adornando tu boca; tu mirada, llena de certezas, dirigiéndose a mis ojos en las mil y una preguntas que ya nunca nos haremos.
Hace unos días escribiste, por fin, que me amas. Así, como tú dices las cosas: A través de un poema en donde el objeto de tu amor se pierde entre el viento y las nubes, entre una palabra gritada con pasión y una voz que muerde, perversa, el silencio; entre una palabra mágica, como llave que abre el paraíso, y otra voz maligna que me hunde en la incertidumbre.
Pero, todo lo había aceptado. Todo, viniendo de ti. Te lo dije en una ocasión: Pensar en ti, amarte más allá de las distancias, era el encuentro con mi última ilusión.
Una tarde, la Bestia llegó hasta mí y me aplastó.
Esparcidos por los suelos quedaron el futuro y los sueños. Traté de huir, pero fui pisoteado. Los huesos de una de mis piernas se astillaron. Quedé inválido. Desde entonces estoy condenado a las muletas. Me muevo como un ridículo monigote. Era joven, hermoso, fuerte. Los futuros posibles desplegaban ante mí las posibilidades, las bellezas, de la existencia. Esa tarde, todo terminó...
(Sé que nunca serás mía, que nunca te veré. Por eso te confieso mi secreto. ¿Entiendes, ahora, cómo te he amado, esperando por mi última ilusión?).
En aquellos interminables días de convalecencia, de interrogatorios bestiales, de humillación extrema, empezó a nacer la venganza (Es que ellos no querían información. No. Tenían toda la información. Buscaban destruir la carne, quebrar la voluntad, mostrar su poder oprobioso. Demostrar el imperio del mal.) Una noche, ya sin fuerzas, recogí mi último aliento. Si logro permanecer con vida, pensé, dedicaré el resto de mi vida a poner de rodillas a la Bestia...
La esperanza de tenerte me ataba al mundo... y a la vida... Ahora, definitivamente sin ti, pondré en marcha mi venganza. La rabia, el rencor, el dolor que he guardado durante los últimos treinta años - (¿O son sólo diez... o quizás, veinte?) - se van a transformar en pesadilla. Una atrocidad que he dudado en provocar. Pero ya no hay razón, ni argumento, que pueda impedirlo.
Demoré diez años en escribir todos los programas (¿O han sido quince...?... Es que el tiempo se confunde en mi cerebro... Es como si todo hubiese ocurrido ayer... O mejor aún, como si la totalidad de mi vida, incluida tu presencia anhelada, estuviera dispuesta en un solo y mismo plano, ocurriendo simultáneamente. Mis estudios de la adolescencia, mi título de ingeniero, mi primer día de trabajo en la naciente empresa de informática, el día del espanto, cuando la Bestia irrumpió en la ciudad y demolió hasta los cimientos de nuestra historia... Cuán largos, inextinguibles, permanentes, los días, los meses, los años, condenado a vivir en medio del silencio de la nada. Todo ocurriendo una y otra vez, sin diferenciación de tiempos. Como un sueño envuelto en un loop sin término, sin variación, sin esperanza. Hasta que llegaste.)
Antes de ayer, me hiciste una confesión: "Amo todo cuanto escribes. Amo tus palabras" y agregaste, "Te he entregado mi espíritu". Mis palabras, amore; tu espíritu, amore... ...
El proyecto es de una simpleza abrumadora. Te lo explicaré eliminando los detalles técnicos, que no comprenderías. Me da lo mismo si lo cuentas o no, pues su aplicación y sus resultados son tan inevitables como irreversibles.
Trabajé largo tiempo en perfeccionar un lenguaje computacional exadecimal. Verás: se trata de los nueve dígitos, más el cero, más seis letras. Después de conocerte decidí que la palabra sería "poesía". Es un homenaje a tu persona, pero también una ironía. ¡Cómo poner poemas en los mercados! Ellos los desprecian. Pues bien, ese objeto despreciable de la sensibilidad humana, les derrotará.
Dieciséis cifras para obtener un campo aritmético de combinatoria infinita. Mucho más poderoso que el sistema binario utilizado hasta hoy. A partir de él inventé un virus informático.
Es un programa simple, pequeño, casi infantil. Lo he llamado "La Aldea", quiero aludir al invento de Mac Luhan: A esa inmensa aldea en que ha convertido a todas las ciudades el poder de la Bestia. Lo presento de tal manera que ellos, con sólo mirarlo, sabrán que lo pueden destruir en un par de minutos. Los imagino burlándose de la ingenuidad del Hacker. Escucho sus carcajadas y el mensaje, rápidamente enviado a sus amos: "No se preocupen. Está todo bajo control"
"¡Mis palabras!... ¡Tu espíritu"... ...Pero, ¿Has pensado en qué iba a hacer yo con tu espíritu?... Yo no lo quiero, amada. Quiero tu boca hambrienta de besos interminables. Quiero tu cuerpo, ansioso, enardecido, estrechándose contra el mío. Quiero el temblor desenfrenado de tu piel. Quiero tus pechos abriendo el canal de tus ríos para que mi boca pueda beberte hasta la desesperación. Quiero tus labios, todos tus labios, enfebrecidos, habitantes de la locura, abiertos a mis labios y a mi sed volcánica. Quiero tu sexo gimiendo por el mío. Quiero entrar en ti y llegar hasta el último abismo del deseo. Y quedarme allí, fundido tu deseo con el mío, a esperar una aurora que jamás llegara... ¡Que jamás llegara...!
Pero ayer me confesaste que estabas arrepentida. No quieres continuar este amor absurdo. Dijiste, "Nunca más"...
Lo que no saben es que La Aldea es una trampa caza bobos. Es un detonante. Al entrar en ella, dejarán en libertad una corriente de electrones que en sucesivos movimientos de loop abrirán la segunda etapa: El Caos. Este es un programa múltiple, construido sobre la base de un factorial 4... (Mira la belleza de su signo: 4! ... El signo de exclamación es similar a la letra aleph, fuente mágica de todos los lenguajes humanos escritos. En ella se esconde la explicación de la naturaleza de lo humano, su fuente y su destino).
Entrar en la Aldea para destruirla significa activar veinticuatro formas virales diferentes, cada una de ellas montada sobre variaciones del tema central. ¿Has escuchado con atención a Bach?: Siempre parte de una frase, un leit motiv breve e identificable, destinado a ser el soporte del mensaje. Desde él construye las infinitas variaciones que identifican su música: El tema adopta diferentes modalidades tonales, se transforma en una danza campesina, en la descripción de un paisaje, en rápidos raccontos, en un minueto escondido entre las fugas, en variaciones sobre las variaciones, etc., un torbellino destinado a regresar, una y otra vez a la idea primera, presente en cada instante, en cada detención de los violines y de los vientos, en cada escorzo del órgano cuando impregna la totalidad del espacio con sus cantos graves y solemnes. El Caos abrirá veinticuatro variaciones. Cuando ellos penetren la Aldea, descubrirán veinticuatro programas distintos. En vez de resolver el problema, lo habrán multiplicado.
No fue difícil encontrar la forma de establecer estas veinticuatro variaciones primeras. Pero me llevó varios años el construir la tercera etapa, porque ellos, ahora furiosos, intentarán entrar en los veinticuatro programas virales para destruirlos. A la tercera etapa la he llamado "Gogol Plex". Consiste, básicamente, en otorgar autonomía a los veinticuatro programas para que cada uno genere, por sí mismo, veinticuatro nuevas variaciones en una progresión sin término, ad infinitum. En la tercera generación, ya habrá 13.824 variaciones. A esa altura todos los sistemas posibles estarán infectados. La totalidad de estos gusanos habrá cambiado de calidad; ahora la única imagen que se me ocurre es la de un hoyo negro, en el espacio, devorando todo cuanto se aproxime a su fuerza gravitacional.
He pensado mucho en los efectos de esta programación. Sé que estoy iniciando una catástrofe. Quizás terminal. Sé que la Bestia, herida en el corazón de su maldad, azotará al mundo con sus últimos estertores. Habrá desesperanza y miedo. Habrá guerras, para sostener el poder, un poder no sólo indefendible, también inútil. Habrá pestes y hambre. Pero es la única y la última esperanza. Al destruir el universo de la informática estaré destruyendo el universo de la tecnología. Esa es mi venganza.
Tal vez entonces, vuelva a florecer lo humano. Tal vez entonces, pueda volver a encontrarte, porque te seguiré amando, hasta el último de mis alientos. Pues este es el último mail que te escribo. El último que recibirás. Haré lo que me pides. No volverás a saber de mí.
Ahora, mi amada señora del alma mía, te dejo. Debo entrar en varios sistemas de uso universal para depositar en ellos los huevecillos de la destrucción, para que renazca la vida.

Addio, amore.

APORIA

Entonces, otra vez el mito.
Hace veinte años fue distinto.

También lo fue, hace diez.Pero se trata de una ecuación insostenible. Me explico:

Sentía el imperioso impulso de regresar a las vetustas vivencias generadoras de mis leyendas. Como último residuo del adolescente tenazmente sostenido en ellas: La experiencia minuciosa, el camino recorrido; la intuición restaurada, una y otra vez, escalando el espacio, sin posibilidad de tregua, para gritar a las montañas y a los amaneceres que todo cuanto abarca la mirada es mío: Propiedad magnífica, incorporada, a tal punto en alguna clase de ser que, necesariamente, termina siendo, también, mi ser. Es decir, no sólo identidad, también legitimación y autenticidad.( "Por ejemplo, una tarde densamente caliginosa, en la orilla de un riachuelo, entre los pedregales y sauces que buscan el gran océano. Cuando la piel duele de tan frenéticamente descansada. Y te has esforzado en aprender a mirar entre aguas, como lo saben hacer los campesinos del lugar. Repentinamente consigues atisbar el cardumen de carpas. Y súbitamente llegas al convencimiento categórico que en ese ciclo da exactamente lo mismo si pescas uno, varios o ningún pez. Mientras, entre tu reflexión y el canto de las aguas, sientes como propalan su elemental grito de posesión los gansos que excitados, renuevan su juego ritual, sobre el río, a dos cuadras de distancia. Justo en el punto donde un solitario maitén marca difuso límite de tierras. Y tú, como consecuencia de todo ello, recoges el sedal, sacas la carnada e inicias, de una vez para el resto de la tarde, la pesca...").

Entonces ahora, como hace diez años. Igual que hace veinte: La remota desazón pesando en el corazón. Es temblor. Y es miedo. Mas, esta vez, insospechadamente, es también, convencimiento: Pues las múltiples y centelleantes dimensiones de lo vivo cesaron de entrecruzarse, si bien continúan siendo difusas.

Sensación de estar atónito ante lo nuevo. Te preguntas si es, en efecto, nuevo. O si siempre fue así y no lo habías advertido. El dilema, sin solución inmediata, lo complica todo. Pues hace diez y hace veinte años lo habías aceptado. Pero ahora es imposible. Te obliga a reiniciar la rutina de replantear, de una vez para siempre, los problemas. Y el tiempo, otra vez, es insuficiente. (Y en ningún lugar del espacio logro encontrar tus ojos intensamente negros, amada. Tampoco tus cabellos jugueteando entre mis dedos. Ni tus pechos rotundos, como soles crepusculares. Ni ninguna de las pequeñas y grandes mentiras que adornaban hace veinte años mi boca con las ausentes sonrisas de hace diez años).

Entonces, ¿puede haber mañanas?

Ahora, igual que hace diez años e idénticamente igual que hace veinte, el callejón continúa comprimiendo el espacio y las vísceras. Hasta transformarse en sinuosa línea de angustia que trepa por las arterias y te plenifica en un único signo de vida.

Y tú, a pesar del tiempo, eres todavía semilla. Ciertamente, potencia. Es decir, vida irremediablemente condenada a vivir.

Entonces, claro, te fragmentas una y mil veces procurando alcanzar la salida del callejón. O, cuando menos, a su principio: Allí, donde bien situado, intentarás no entrar. Tal vez lo habrías logrado. Pero no te mueves. Persistes en una inmovilidad inalterable (Diríase estúpidamente hierático), en un punto indivisible de la ominosa oscuridad que no te cubre, porque allí, en ese plano, todo es oscuridad, sin posibilidad alguna de recíproca. Dado que hasta las aristas que perfilan el callejón (Y los signos que siempre te dijeron - hace diez y hace veinte años - que, sin duda, es un callejón. Y no, de ninguna manera, otra elucubración de mi-tu cerebro inteligente-enfermo), se difuminan y desaparecen.

Entonces, de nuevo, reiteradamente, ya no estoy ahí. Tampoco aquí. Sólo la sensación de un punto axial que no admite el movimiento. No se desplaza. No rota sobre su eje; entre otras cosas porque en ese punto no existe la noción de eje. Y no soy, en buenas cuentas, más que ese punto axial, sin masa, sin volumen, sin voluntad. Sin posibilidad alguna de rotar sobre mi eje, puesto que eje y rotación son inconcebibles.Es decir, nada.

Nada que escribe estas notas pensadas, por primera vez, hace diez y hace veinte años, para poder estructurar (en una función analítica de verificación exhaustiva), mi última voluntad. Para cuando dentro de diez años, y también dentro de veinte, llegue a experimentar la sensación límite de estar encerrado en un callejón sin salida que no existe para mí... ...... Porque nunca tuve existencia...






UN ESCRITOR EN EL PUEBLO

- ¿Cómo te llamas? - preguntó la dueña del almacén.
- Me dicen el Peiro.
- Bueno, Peiro: Primero barre todo el local y luego limpia la calle. Y riega el pavimento, a ver si baja un poco el calor.
Así se incorporó al pueblo. Su figura de hombre maduro, fuerte y acostumbrado al rigor se hizo familiar en las calles, en las casas, en el campo.
En ocasiones ayudaba en la cosecha; otras, descargaba un camión con mercaderías, o era llamado a encerar un antiguo caserón. En la mañana, temprano, limpiaba las veredas de los negocios y casas aledañas. De alguna de ellas venía el café y un gran trozo de pan amasado, humoso, suculento y, más tarde, el almuerzo. Al atardecer, llegaba a sus manos ávidas un plato caliente colmado de guiso que comía lentamente, mientras en sus ojos nacían breves destellos líquidos. Es que en cada bocado brotaban recuerdos y ellos encadenaban la tristeza. Nunca aceptó dinero a cambio de su trabajo. Le decía a sus ocasionales patrones que bastaba con la alimentación y con el cariño del pueblo. Por las tardes, se instalaba en la plazuela, frente al almacén. Abría su viejo y roído maletín de cuero. Sacaba las hojas de papel y los lápices. Entonces, escribía. En las noches, aún cálidas, a pesar de los vientos descendidos de la montaña, se acurrucaba en cualquier rincón y se dormía abrazado a su maletín.
Dos veces en cada semana tomaba rumbo de río. En uno de los recodos del Hualén, más arriba del Puente del Alto, oculto a las miradas del pueblo, detrás de los zarzales, o entre las ramas bajas de los sauces, se desnudaba y tomaba un baño. Una vez cada quince días, en el mismo recodo, lavaba su camisa y sus únicos pantalones.
Una tarde de otoño, una dama del barrio de los ricos, del sector de los palacetes construidos cerca de las Viñas de Lucas Tago, bajó en su camioneta y le regaló un inmenso colchón y cinco frazadas.
- Ubica estas cosas en algún lugar ... le dijo ... Así podrás capear el tiempo frío.
La calle, frente a la plazuela, terminaba en un rincón, justo al finalizar la cuadra. La dueña del almacén le autorizó a utilizarlo. Desde entonces, el Peiro se recogía temprano y rebozado entre las frazadas, leía el trabajo del día o continuaba escribiendo.
- ¿Qué escribes, hombre? ... le preguntó el dueño de la carnicería.
El Peiro sonrió.
- Es que soy escritor, le dijo. Estoy escribiendo la historia de un hombre llamado Peiro... igualito que yo...
- Y... muéstrame tu historia. Me gustaría leerla.
- No, patrón... Es que todavía no he terminado.
El carnicero lo comentó con el peluquero. Este dijo:
- Entonces, tenemos un escritor en el pueblo.
- Lo increíble - apuntó el herrero - es que se trata de un hombre tan humilde.
- Con razón lo he visto quedarse con la mirada perdida en el horizonte, tal vez en el tiempo pasado, pensando - acotó el carnicero.
- Tendremos que cuidarlo - concluyó el peluquero.
Ese año el otoño fue breve y frío. El invierno se dejó caer brutalmente. Tres y cuatro días de lluvia y granizo todas las semana. El viento del norte golpeaba sin misericordia los campos y los bosques y los techos del pueblo. El Peiro tuvo días de arduo trabajo acumulando y cortando leña para casi todos los vecinos. En los días de lluvia protegía su cama debajo de los aleros. Se forraba en una de las frazadas y cubría sus andrajos con el resto.
- No, patrona, - le decía a la dueña de la tienda de artefactos -. El Peiro no siente frío. Lo único malo es que se hielan las manos cuando escribe.
La mujer entró a la tienda, regresó con un par de guantes y se los entregó:- Espero que cuando termines tu libro me permitirás leerlo.
- Así será patroncita.
En los primeros días de julio el clima empeoró. Las calles y los pastizales amanecieron escarchados. Un día miércoles empezó a nevar. La nevazón caía desde los altos del Hualén poniendo muros blancos en todos los horizontes. La gente se refugió en el interior de las casas durante los nueve días de nieve y temporal. Cuando terminó, el pueblo tenía casi dos metros de nieve en las calles. En el rincón frente a la plazuela, allí donde el Peiro tenía su cama, sólo había un gran bulto tapado por un cobertor blanco, de hielo..
Los vecinos trajeron palas e intentaron limpiar el lugar para rescatar al hombre, pero era tarde. Había muerto abrazado a su viejo maletín de cuero. El sargento de la policía tomó el maletín y lo abrió. Allí dentro estaban las ciento cincuenta hojas escritas trabajosamente con los lápices de grafito. Le alcanzó los papeles al señor cura. Este leyó:
- "Abia una ves un omvre ke se llamaba el Peiro"...
La frase se repetía idéntica hasta el final de la hoja. La segunda y la tercera y la cuarta y todas las páginas del extenso escrito sólo contenían la frase "Abia una ves un omvre ke se llamaba el Peiro" escrita una y otra vez con caligrafía tortuosa, temblorosa, de principiante.Los vecinos se miraron en silencio. El señor cura hizo los rezos propios de la ocasión y concluyó con un ruego:
- Buen Dios, todo este pueblo te pide que lo recibas en el Paraíso... ... Fue un hombre bueno... ... Y permítele que allí, mirándote, pueda escribir su historia.
Le enterraron abrazado a su viejo maletín de cuero.

BLUES EN TONALIDAD MENOR(5)-ESPERANDOTE

Sur, paredón y después
Sur, una luz de almacén…

Casi cae la tarde. La esquina del almacén que aún trabaja sus mercaderías ancianas y mantiene sus olores ancianos. La gran ventana que me refleja. La luz mortecina del farol y mi imagen dibujada en la vidriera. ¡Una imagen desastrada!... Es lo que estoy siendo, así simplemente, con la crueldad de la palabra condenada al silencio. Mi abrigo deshilachado, mis pantalones arrugados y al borde de la rotura, los bototos que he usado en los últimos tres años. Y el paredón de adobes que se mantiene igual que hace veinte años, cuando dejé el barrio, abandoné todo lo que me era conocido e inicié las rutas de las aventuras… para construir riqueza… y volver por ti…

Ya nunca me verán
Como me vieran
Apoyado en la vidriera
Y esperándote

¡Locura de ansias mozas! “Esperándote” Si; todos los crepúsculos, mientras la luna iluminaba el barrio y la plaza, vacía si no estabas. Y yo mordiendo mi amor y mi pasión y mi absoluta imposibilidad de entender la verdad. Y no saco nada con preguntar a los nubarrones negros si existe alguna clase de verdad que pueda ser comprendida, como una certeza que me sirviera para no sé que puta tranquilidad. ¡Maldición! Claro que llegabas, pero no llegabas por mí. Es cierto que me dabas tus miradas y yo me hundía en tus ojos garzos y recibía tu sonrisa y te decía “¿Te acompaño?” y me entregabas tu mano para que la plaza nos recibiera en nuestro lento caminar hablando de nada mientras la luna danzaba bailes macabros y en su risa reflejaba mi vergüenza.

Ya nunca alumbrará
Con las estrellas
Nuestra marcha sin querellas
Por las noches de Pompeya

Cómo quisiera haber sido estrella y luz iluminándote. Cómo quisiera haber sabido las palabras mágicas para decírtelas una a una en tu oído apenas oculto por tu cabellera negra y suave. Cómo quisiera haber gritado por las calles del barrio que por fin las había dicho y que ya eras mía. Cómo quisiera haber sido capaz de resolver entonces la duda atormentada, metida entre mis ojos, que trato de despejar hoy, veinte años más tarde.

Los sueños y las calles suburbanas
Y tu amor y tu ventana
Todo ha muerto. Ya lo sé

Y esta tarde, sin luna, sin estrellas, ¿Vendrás? ¿Ocurrirá el milagro del encuentro? Ahora conozco las palabras y puedo decirlas. Veinte años no es tanto. El barrio sigue igual. Idénticas palomas invaden la plaza que está exactamente a la misma distancia de esta esquina. Es cierto que he envejecido, pero no tú. Tú tienes que estar como te conservo en mis sueños. Entonces, en vez de decirte “¿Te acompaño?”, te diré simplemente “Te amo”. Pero no tiene caso. Todo ha muerto. Ya lo sé…

jueves, 4 de septiembre de 2008

LA MILONGA

Lo invité al bar más cercano y pedí dos emparedados de arrollado huaso y una botella de vino. Evaristo engulló el suyo en unos instantes respondiendo mis preguntas con gruñidos. Miró hacia arriba, con tristeza. Pedí otro emparedado. Mi amigo sonrió y empezó a comer más despacio, bebiendo su vino, agradeciéndome en silencio. Entonces, empezó a hablar:

- Vengo arruinado – dijo - ¿Te acordás cuando salté la cordillera? Buena la guita. Bueno el contrato. Tres o cuatro años y regresaría como un chiche… Perdoná el acento… es que se pega … Se pega… ¿Viste…?

- No entiendo como perdiste un trabajo tan bueno.

- La historia es larga … Me agarró el tango… ¡Y…!

- ¿El tango?

- Es que las tardes son interminables vericuetos sin salidas. Entonces me contaron de las milongas que hay en los barrios… Y una tarde entré en una de ellas de puro aburrido. Pero, nada… el veneno se metió en la sangre y luego añoraba dejar la oficina, corría a mi departamento, me calzaba los zapatos tangueros de gran tacón, acharolados, y me metía en la milonga que tenía más a mano; en Rosario, en Palermo, en La Boca, en Pompeya – Allí encontré la esquina mitológica del “Ya ves que estoy piantao…” ¿Recordás? “No ves que está la luna saliendo por Callao….”, en la plaza, donde las golondrinas andan con un medio melón en la cabeza y vuelan en bicicletas mágicas de luz - en Núñez, en Belgrano… ¡Qué se yo! En todas partes una milonga, ché… una milonga… Entraba, miraba y aprendía… Es todo un ritual… increíble… Un día me atreví a bailar… Y ya no paré… - Bebió un largo trago y me sugirió poner otra botella. La pedí - Esa tarde la encontré. Era hermosa, como una diosa morena. Miré a la mina, le envié un entrecerrar de ojos y ella mandó de vueltas una sonrisa. Nos encontramos a mitad de camino. ¿Sabías que las palmas de las manos son hijas de nigromantes? Nunca había sentido su magia. Con mi izquierda su mano, cálida, dúctil, entrelazada; mi derecha en su cintura de bambú, entregada por completo a las indicaciones imperceptibles de mis dedos. Era como si hubiéramos nacido envueltos en el compás del dos por cuatro… ¡Viste! Abría mis piernas en un ángulo cerrado y ella, fileteaba y zigzagueaba entre mis piernas. Me pisaba suavemente el zapato y yo lo limpiaba, como si nada, en el pantalón, manteniendo el ritmo de la danza, mientras hacíamos la vuelta lenta. Entonces hice la parada. Quietos como esculturas de mármol; mi pierna izquierda se fue en un ángulo perfecto. Su pierna derecha se recostó entre las mías; la apreté suavemente y su izquierda continuó mi ángulo, rompiendo, casi, la rajadura de la falda, mostrando el borde de sus calzones de gala. La apretujé contra mi pecho y ¡Canejo! ¡Qué querés! Respondió acunando su barbilla en mi cuello…

Hizo un silencio prolongado. Entre sus labios una sonrisa triste. Otro vaso de vino. Pedí al mozo que pusiera la siguiente toda vez que nos quedáramos secos.

- Continúa - dije –

- La mina tenía su bacán – dijo – Y yo había quebrado un rito sagrado. En la milonga toda mina abacanada se respeta, ché… se respeta… Podés bailar con ella, pero se respeta… El weón se acabronó. Me gritoneó: “¡Que los tangos del maestro Pugliese se escuchan, zonso! ¡No son pal baile!” Y yo grité que bailaba lo que se me da la gana. Entonces se dejó caer como un bagual enloquecido. Nos fuimos para afuera. Nos amagamos, me tiró una mano. Le erró. Yo le puse un puño en las narices. Había que asegurarlo y le mandé el segundo. El malevo se inclinó y me dejó abierto el camino a una patada que lo tumbó. Lo monté y le puse unos cuantos puños a todo dar. La mina, me sacó de encima y me tomó del brazo. “Vamos pa la catrera, guapo”, musitó. Y fuimos. Esa noche hicimos crujir la catrera y todos sus vericuetos no sé cuantas veces. Y también al día siguiente. Y los que siguieron. Me miró con sus ojazos negros. ¿Compartimos el cotorro?, preguntó. Yo ya estaba loco. Le dije que si. Trajo sus cosas y se instaló en mi departamento… Lo demás, mi viejo perro, es la esencia del tango. No es pura música y puro verso ¡Viste! En cada tango hay pueblo que vive, que sangra por todos los poros, que se expresa sin tapujos. La pareja, en medio de la pista, es el otro instrumento de la orquesta… Pone… lo que la música no puede dar… porque el tango es el hombre y la mujer, sudando juntos, sin hablar, con los ojos cerrados, con los rostros juntos, apretados, viviendo de nuevo, en la pista, lo mismo que está ocurriendo en el día a día del barrio. Ensimismados en el ritmo, en la melodía, en el relato sin fin del cantor que te está diciendo lo que vos y tu mina son. Es, mi viejo, un canto de amor, de entrega apasionada, sin regreso. Los bandoneones hacen estallar el fuego sagrado. Van marcando el camino y vos, con la mina encaramada sobre tus piernas, frágil como una criatura, te ponés a crear, porque en el tango nada está escrito. Sabés tres pasos y lo demás lo inventás, en el momento, ahí, cuando el genio de Tormo o de D’Angelis o de Canaro hacen torbellinos de tu sentir, de tu tristeza, de tu alegría… tu alegría…. ¡Qué sé yo…! Un inmenso y atroz quilombo montado en arcoiris de luces que nunca pude desenredar ni comprender, porque no hay nada que comprender. Sólo la emoción tormentosa, terrible… a la que te entregás sin pensar…

Pedí otra ronda. En el rostro de mi amigo se endurecían los músculos. Entendí que me narraba la mitad de los hechos. Había mucho más metido adentro. Había dolores, arremetiendo furiosos, que no querían olvido.

- Empecé a dejarlo todo. Estar al lado de Estelita era obsesivo. Cuando no la tenía cerca el mundo se derrumbaba, se hacía porquería. Perdí el empleo. La guita empezó a ralear y empecé a vender los enseres. Pero ella necesitaba otros zapatos de baile y medias de distintos colores y calzones de vuelos en encajes de bolillo, ché, y el manye de todos los días, ché… Nos fuimos a una pieza de pensión. Y ya me empezaba a sentir aporreado, como una bordona solitaria… en medio de una trasnochada. El mate sabía a cimarrón. Y nunca había vino suficiente para terminar mamao. Dejó de hablarme… Entonces le rogué en tango: “¡Habláme…! Rompé el silencio – suplicaba – No ves que me estoy muriendo…” Pero sólo vino el último beso. Fuego en los labios… su beso de despedida. Todavía me atenaza. Todavía lo siento… ardiendo, llagando mis labios enfermos de ausencia. Si; también fueron tres años, como si hubiera estado perdido en la cerrazón. Después… a torrantear, de un lado pa otro. Caminé hasta quedar sin suelas. Llegué hasta la Pampa austral trabajando por el plato de comida y el rincón donde dormir. Y aquí estoy. Quizás todavía pueda rehacerme. Soy joven y tengo amigos, como vos, que me prestás socorro en esta tarde gris…

Quedamos de volver a encontrarnos. En mi empresa podría haber algún trabajo decente para empezar de nuevo. A la salida del bar nos dimos un abrazo. Dos días después le busqué. En el despacho se necesitaba un ayudante. En la dirección que me dio no lo conocían. No lo he vuelto a ver.

martes, 2 de septiembre de 2008

UN VIRAJE HACIA LA NADA

Tus ojos me atraparon. Eran como una laguna de esmeraldas. Me mirabas y parecías envolverme, entonces no me importaba el silencio, ni tu lejanía. Ni mi libertad perdida. Te amé. Lo confesé, tembloroso, una tarde. Reíste mientras me ofrecías tus labios y permitías que mi piel sintiera la belleza de tu cuerpo. ¡Cómo presumí, desde entonces! ¡Lo habría gritado en el paraninfo de la universidad!
Seis años de dicha total. El mundo era hermoso y la vida, bella. Transformé mi trabajo en una eterna expectativa: terminar pronto y correr a tu lado, y quitarte las enaguas y acariciarte, y tenerte; o estar ahí y sólo mirarte. Me hundía en la transparencia de tus ojos.
Seis años terminados cuando nació la sospecha y el miedo. ¿Qué cambió? ¿Por qué ese sentimiento de separación, de abulia y vaciedad? Entonces, el quiebre interior cuando la sospecha y el miedo se transformaron en certeza y en sensación de término, de final de camino, en un horizonte infinito sin más rutas para descubrir.
Te seguía. Se reunían en el supermercado, en el cine, en una estación del metro. Caminaba detrás de ambos, oculto entre las damajuanas, solo para adentrarme en la tortura de escuchar tus risas. Risas cantarinas, que fueron mías. Entonces, el odio se revolvía tenebroso dentro de mí y quería reventar en un caos de dolor. Pero me contenía.
Aquella tarde fue la peor. Entraste a su auto, lo abrazaste y le besaste con una intensidad que jamás me diste. Mientras el auto avanzaba, le abrazabas. Dos horas dentro del motel. Cuando salieron, aún te pegabas a él, como si el fuego de tus entrañas, metabolizado, no tuviera posibilidad alguna de enfriarse. Les dejé avanzar unas cuadras. En un cruce de calles les bloqueé. Bajé de mi carro. También tú. "Deja que te explique", dijiste. Pero no. Una bala entró por tus ojos destrozando para siempre la laguna de esmeraldas. Mientras caías, tu cerebro se desparramaba por el espacio. Tu amante intentó echarse sobre mi, pero retrocedió; quiso huir, pero volvió al mismo punto. Entonces puse una bala en su sexo y otra en su cuello.
Entonces el instante más difícil. El arma en el medio de mi corazón. La bala atravesaría entre costillas e iría a destrozar las válvulas auriculoventiculares. Mientras caía al piso, muriendo, sentí como el odio se mantenía vivo, ardiendo, como las olas de un océano sin término.

Pintura: La Nada de Mike_Leal