
viernes, 24 de octubre de 2008
LA PINTURA

jueves, 16 de octubre de 2008
LAS VACACIONES DE DIOS
El Papa lo soñó el día viernes. Entre cantos de alondras Dios le anunció que se iba de vacaciones. Todo habría quedado allí, si el sueño no se hubiera repetido, en los mismos términos, el sábado y el domingo. El martes el Pontífice recibió un emotivo llamado del teléfono rojo. El Presidente Freeman le dijo: “Santidad, hace días que sueño que Dios se va de vacaciones”. El miércoles, el llamado fue del Presidente Molotov: “Papa, rugió, ¡Que me deje en paz!. Llevo una semana soñando con las vacaciones de Dios”. Mensajes semejantes recibió de España, Alemania, Siria, Francia y Brasil. Preocupado, el Papa propuso una conferencia virtual de mandatarios. El Presidente Molotov mostró su viejo y pervertido agnosticismo: “¡Cómo creer en los sueños!”, dijo. “Pero, agregó, déme, Pontífice, algo que se pueda creer y veremos...” El Papa, en sus oraciones, le narró palabra por palabra lo ocurrido y le rogó: Danos, Señor, algo en lo que los hombres puedan creer: un huevo de gallina peludo, una salamandra de oro...” Esa noche, el Papa soñó la respuesta: “En diez días más, a las diez de la mañana, haré que la Torre de Pisa se enderece”. El Papa comunicó temprano la noticia a los mandatarios. El hecho se filtró a la prensa y el día 10 la ciudad de Pisa reventaba de turistas que cantaban al reencuentro. Un minuto para las diez de la mañana se hizo el silencio. En medio de él se escuchó un crujido y la Torre regresó a su eje lentamente hasta quedar por completo derecha.
La Prensa inventó cantos de ángeles.
El espanto se apoderó de la humanidad. Con Dios de vacaciones había que cuidarse solos. Los primeros dos siglos fueron los más difíciles. Hubo cambios legislativos en todos los países. Una cultura de respeto y paz empezó a extenderse, lentamente, por todos los rincones. Se dejó de gastar dinero en la guerra y en las armas. Los empresarios aceptaron que era bueno disponer de un cierto monto, pequeño, de utilidades y que las empresas productivas tenían una orientación social. Un siglo y medio más tarde la ONU declaró que el hambre había sido derrotada. Las cárceles se vaciaron y hubo que redestinar esos edificios. Veinte años más tarde, no quedaban niños desnutridos ni sin escuela. Un siglo más tarde el mundo estaba libre de polución. El problema de la economía empezó a ser qué hacer con la abundancia de recursos. La alegría inundaba los corazones. Los hombres pensaban que, por fin, vivían en el paraíso.
Pero una noche, el Santo Padre soñó que Dios le anunciaba su regreso... ...
jueves, 9 de octubre de 2008
UN AMOR EXTRAÑO
- ¿De dónde vienes? - preguntó la doncella -
- De las Perseidas – dijo, penetrándola con sus ojos celestes - La niña puso sus manos sobre el trari de color rojo. La cintura parecía esfumada en medio de la escultura de carne morena. Su pecho palpitaba. Su cara de pómulos perfectos enrojecía lentamente. (“Es un joven hermoso”, pensó.) - Tú también eres hermosa - murmuró - Tienes la fragilidad de los helechos gigantes que bordan los bosques de tu tierra. Y tienes la inevitable mirada que atrapa mis miradas y mis anhelos.
- Tu mirada es transparente - dijo la niña -
El hombre de las estrellas sonrió. (“También mi cuerpo lo es - pensó - Si supieras el suplicio que me cuesta hacer una masa que puedas mirar, aun corriendo el riego de quedar triturado. Un cuerpo que pueda hacerte sentir lo que estoy sintiendo. ¿Qué es esta extraña emoción que me impide separarme de ti?”)
- ¿Dónde quedan las Perseidas?
- Más allá de la Cruz del Sur. Más allá de las tinieblas. Más allá del espacio y del tiempo. Son como un cáliz abierto y palpitante en el extremo de todas las galaxias.
- No lo entiendo. ¿Entonces, cómo estás aquí?
- Tampoco yo lo entiendo. Soñé que había una cordillera inmensa. Que los bosques ponían alfombras vegetales en sus laderas. Que las lagunas, verdes como las esmeraldas, besaban los pies de los hombres y las mujeres. Que ustedes habían inventado la palabra paraíso y la palabra felicidad. Que tú mirabas el fondo plateado de las aguas y me llamabas. Entonces mi corazón palpitó. Me aferré a un rayo de luz y vine, para beber tu respiración. Para hundirme en la suave infinitud de tus ojos. Para untar mis labios en el cáliz de tus pechos.
- Te amo, hombre de las estrellas.
- Desconozco esas palabras, niña vegetal... ... pero me emocionas hasta llevarme al sin sentido.
La noche es efímera, como las gotas del rocío. Apenas tocan los pétalos de los copihues y ya están regresando al hogar del cielo. Todo es efímero... hasta la vida y sus sueños... y los momentos del amor que quisiera prolongarse, pero no puede porque ya se anuncia la aurora. Y bajo los rayos inclementes del sol, el hombre de las estrellas no puede vivir.
domingo, 5 de octubre de 2008
LA CASA EN EL CAJÓN DEL MAIPO

Repentinamente llegó el crepúsculo y el frío inhóspito, intenso. Ese sector del Cajón era prodigioso en fósiles de buena estirpe. Mi bolso se llenó de amonites y otras piezas de antracita que necesitaban clasificación. Más abajo, el río caracoleaba sus aguas turbias. El viento aullaba pendenciero. Imprevistamente, como obedeciendo a una fuerza externa, la camioneta se negó a partir. Entonces vi las luces de la inmensa casona pegada al muro de rocas. “Por lo menos conseguiré un poco de agua caliente”, pensé. La puerta de rejas, pintada de verde, estaba abierta, como diciéndome: “¡Hola!”. Leí en una placa metálica “Casa de Reposo de la Cruz Roja”. Me abrió la puerta de entrada un hombre de cabellos canos y sonrisa benevolente.
- Pase - musitó - la noche viene brava. Afuera andan los espíritus.
Hubo una deliciosa comida caliente. El cuidador se llamaba Camilo y vivía con su mujer y su hija veinteañera. Preparaban la casa para recibir a tres grupos de niños venidos de distintos lugares. Junto con el café, abrí mi bolso y regalé a las mujeres mis tres últimas barras de chocolate.
- Hace tanto tiempo que no los probaba - dijo, sonriendo, la más joven. Su voz era suave y ronca.
- ¿Cómo te llamas? - Pregunté -
- Angela – respondió -
Me ofrecieron una habitación blanca y limpia. La cama era blanda y tibia. Me dormí casi antes de poner la cabeza sobre la almohada. A la media noche sentí unos ruidos apagados. Angela había entrado a la habitación. Se introdujo, desnuda, entre las sábanas. Buscó mis manos y las llevó a sus pechos turgentes.
- Tómame - musitó -
Me invadió un deseo indescriptible. El cuerpo de Angela respondía a mis movimientos y se dejaba llevar una y otra vez por los espasmos del placer. Su piel suave ardía. Sus labios me buscaban y me besaban enloquecidos. En la mañana me despedí asegurando que regresaría. El motor de la camioneta ronroneó suavemente e inicié el viaje de retorno. Ahí es dónde debí haberme preguntado por todo lo acontecido desde que empezó el crepúsculo del día anterior. Pero no lo hice. Talvez, pensé, el motor se heló. Y no pudo partir. O, talvez, no pensé nada, admitiendo implícitamente que lo ocurrido en la noche anterior incuestionable.
Un par de semanas después me encontré con el director nacional de la Cruz Roja en un evento cultural. Me acerqué a él. Le narré lo sucedido y agradecí las atenciones recibidas. El hombre me miró con sus ojos muy abiertos.
-Temo que está en un error - me dijo - El Centro del Maipo está cerrado desde hace veinte años... El último cuidador, don Camilo, vivía con su mujer y una hija. Pero los tres murieron una noche de tormenta. Ese accidente nos llevó a cerrar la casa. Hace veinte años que está sellada.
Quedé sin respiración. ¿Entonces, fue un sueño? ¿Estuve en el Cajón del Maipo y dentro de la Casa? ¿Recogí las antracitas? ¿Viví una ilusión malévola que desordena mi cerebro? ¿He llegado a alguna forma de locura? ¿Qué ocurrió realmente?
No encuentro explicaciones. Cada razonamiento me lleva a un callejón sin salida. Cada callejón sin salidas agrega angustias. He dejado de sonreír.
Empecé a investigar. Me sumergí en la prensa de la época. Los hechos se relataban de diversa forma. Sólo había tres constantes: El lugar. Los tres días de temporal. La muerte de la familia de Camilo.
Un periódico habló de una sórdida historia de sexo, alcohol y drogas. Camilo utilizaba la casa como lugar de reunión de ciertos clientes muy selectos a los que vendía jovencitas y niños para fiestas semanales. Aquel día, por un precio muy alto, propuesto por personajes extranjeros, vendió a su hija Angela. La madre armó pendencia. Terminó armándose de un cuchillo cocinero. Asesinó al marido y a la niña, luego se suicidó. Los invitados huyeron. El caso fue cerrado por ausencia de evidencias.
Una revista formuló otra hipótesis: El temporal desató fuerzas de la naturaleza corporizadas en cientos de fantasmas que llegaron hasta la casa. Sus tres habitantes, en el colmo del espanto, tratando de huir, cayeron desde el tercer piso. Sus cuerpos quedaron destrozados. En esta versión, la policía se negó a aceptar la relación entre el temporal, el viento mezclado con nieve, la existencia de las criaturas fantasmales y la muerte. El cronista, queriendo hacer una frase para la historia, concluía que la vida, inevitablemente, se cruza con la muerte. No comprendo qué quiso decir.
Los diarios serios describieron la casa y el lugar. Dijeron que los cuidadores del recinto eran personas humildes. Agregaron que la casa fue invadida por un virus que provocó, primero, la muerte de los tres personajes y, más tarde, el cierre de la Casa. Nunca se investigó ni los aspectos policiales del suceso ni la presencia de virus que pudieran desencadenar en cosa de horas la muerte y deformación de los tres cuerpos.
Ninguna de esas informaciones es suficiente para explicar mi experiencia: Las luces en la casa en ese atardecer otoñal. El frío inexplicable. Las tres personas esperándome en la puerta de la mansión, diciéndome: “Hola”. La comida caliente y exquisita. El dormitorio limpio y tibio. Angela entrando suavemente en mi cama para regalarme una noche de amor fascinante. Tampoco hay explicación para el miedo que me atenaza y que empieza a destruir mi conciencia.
Pintura: Cajón del Maipo.(Santiago) de Alejandro Anderson Nizzero
sábado, 4 de octubre de 2008
EN LA HORA DE LOS SUEÑOS

También llega la vieja tristeza, como un alud en donde cada recuerdo aumenta el volumen de cada congoja, de cada desconsuelo, sumados como una pirámide monstruosa construida sobre mis lágrimas que se niegan a brotar porque, cómo no entender a mi madre que me repite una y mil veces que los hombres no lloran... Pero, madre... ¿Y qué hago con lo que siento?Y entonces, Deidamia... ... ¿Qué jugada del destino la puso a mi lado? ¿Para qué...? Hay una habitación inmensa. En un costado un gran sofá. Sobre él, Deidamia hace el amor con un hombre estrafalario, de gran barba negra. El hombre gruñe y suspira y emite gritos ahogados. Deidamia gime, mientras me mira y sus ojos azules me envían angustiados mensajes que no entiendo, mientras sus piernas se elevan a los hombros de su amante y dejan que el vestido rojo se desparrame sobre el sofá.
Entonces estoy en el centro de una espiral monstruosa que gira y me aprieta y destruye.
jueves, 2 de octubre de 2008
PARA COMER HALLULLAS

LA FIESTA

UN PASEO POR EL PATIO
