sábado, 20 de diciembre de 2008

LA ARAÑA

“Piensas que no sé donde estás, bestia estúpida. No puedes entender que mi ceguera ha activado mi sensibilidad. Te escucho. Siento como mueves tus patas asquerosas entre los rincones del entretecho, en la oscuridad, mientras buscas una presa, o, como ahora, mientras reparas tu red.

Sé que tu tamaño es algo más grande que lo normal. Tu cuerpo apenas cabría en mi mano completamente extendida. Pero tus patas son extremadamente largas; con ellas puedes llegar a todos los rincones que quieras. Tu tamaño no es una ventaja. Tienes que alimentarlo. Y para ello, no te bastan los insectos minúsculos de esta habitación. Sé que has tendido redes en otros lugares de la casa. Y sé, también, que te las has arreglado para construir una línea maestra que conecta todas tus trampas a uno de tus palpos, de modo que sabes perfectamente que está ocurriendo en las diez o doce redes tejidas en los rincones más inverosímiles del entretecho. Cada vez que sientes que ha caído una víctima, corres a la red respectiva y te alimentas. Eso es lo que hace de ti una bestia distinta. Has realizado un acto de creación y, aunque todavía lo ignores, en ese acto de creación has hecho nacer inteligencia.

Siento tu odio. Lo percibo claramente en las noches, cuando piensas que estoy dormido y te dejas caer en unos de tus hilos, casi invisibles, hasta detenerte muy cerca de mi cara. Ahí te quedas, observándome, enviándome el fluido de tu rencor, de tu perversidad. Es entonces cuando un frío distinto recorre mi piel. Pero no te temo. Sé que si me tocas, mi mano será más rápida que tus patas y te aplastaré, destruyendo para siempre tu cuerpo. Entonces, el placer será mío: lo haré lentamente, espaciando el instante final, pues quiero que sufras, quiero que te atenace el miedo a la nada, que es donde te enviaré. Te tomaré entre mis dedos y te pondré sobre la palma de mi mano izquierda. Tal vez arranque una o dos de tus patas para restarte movilidad; aunque ya no tiene sentido, pues estaré uniendo las dos palmas de mis manos en un movimiento lento y circular, apretando en cada segundo un poco más, hasta sentir tu cuerpo estremecido en la proximidad de la muerte que ya viene, pues en el próximo apretón, todo tu ser explotará y te transformarás en sucia basura.

También siento como estás creciendo. Cada noche un poco más. Cada vez, necesitas más alimento; víctimas cada vez más grandes. He seguido paso a paso como lo haces. La víctima queda enredada en tu red. Al tratar de huir se enreda más, hasta quedar inmovilizada. Es entonces cuando te aproximas. Lentamente. Hasta pienso que lo haces deliberadamente. Que quieres generar terror en tu víctima. Que quieres que el miedo impregne por completo el cuerpo que vas a comer. Como si el miedo fuera, finalmente, un aderezo de tu placer. Eliges el lugar en donde vas a clavar tus palpos, perforas la piel e inyectas tu saliva. Entonces te retiras a un rincón de la red, y esperas. Sé que otros miembros de tu familia se alejan durante todo el tiempo que sea necesario. Pero tú no. Permaneces allí, cerca de la víctima y la observas. Miras los últimos estertores del cuerpo muerto. Siento tu risa silenciosa cuando percibes cómo el cuerpo, al contacto con tu saliva, se descompone y se hincha, como un globo lleno de muerte para entregarte la vida. Escucho el ruido jubiloso de tus palpos cuando te enteras que el cuerpo ya está disponible. Entonces, vuelves al cadáver, con esa maliciosa lentitud que pones en todos tus actos, dilatando siempre la ocurrencia del hecho, gozando por anticipado lo que sabes que va a ocurrir. Introduces uno de tus palpos y succionas. Dentro de ese cuerpo ya no hay músculos ni huesos. Todo se ha transformado en esa papilla asquerosa que devoras con ansiosa gula, hasta quedar saciado.

Tus ojos, tan ciegos como los míos, miran en rededor. Sé que cada vez es menor la satisfacción que sientes. Se que has despreciado a los insectos menores. Sé que estás en la búsqueda de presas de mayor tamaño. Hace unos días te sentí trabajando en una tela de gran tamaño. Sentí tu malestar, tu rabia, cuando advertiste que en la medida en que lo haces más grande la textura de tu red pierde potencia y fuerza. Pero también se que vas a encontrar la solución, porque ya está en ti la semilla de la inteligencia. Encontrarás el diseño que te permita atrapar a criaturas de mayor tamaño… ¿Un ratón?... ¿Un zorzal?... ¿Algo de mayor envergadura todavía?... El diseño de tu red es ingeniería pura. Hasta ahora has trabajado el modelo ancestral: una tela radial, con un centro de cinco o seis lados que crece hacia fuera hasta tener el tamaño adecuado a las presas que vas a coger. Pero ya estableciste un cambio que no está inscrito en tus genes, cuando dispusiste de una línea maestra que une las diez o doce redes que ahora tienes. Y si no encuentras esa ingeniería, se que descubrirás la caza: el salto sobre la víctima elegida para insuflar el veneno que paraliza y mata.

Sé que sueñas con presas de gran tamaño. Y también sé que siempre estás pensando en una clase de víctima inmensa, para ti, que te permita vivir muchos años sin tener que volver a matar para vivir.

El problema es que estás empezando a pensar. Y, por consiguiente, si llegas al pensamiento, necesariamente te encontrarás conmigo. Y nos enfrentaremos. Será tu vida o la mía. Pero hay algo que debes entender: mi cerebro no te servirá de nada. Aún cuando me incorporaras a tu cuerpo, jamás podrás pensar como yo pienso ni saber cuanto yo se. Y si esto, por alguna clase de estúpido milagro, fuera posible, lo único que vas a encontrar en mi es odio y desprecio, en una magnitud tan insondable que terminaría destruyéndote.

¿Lo entiendes bestia demoníaca?... Aún derrotado seré yo quien termine venciendo. Tú jamás podrías sobreponerte a mi fuerza, ni a mi inteligencia. Te dejaré que crezcas un poco más. Solo un poco más. Y entonces te perseguiré hasta encontrarte. Y te aplastaré. Sólo entonces podré volver a dormir. En paz.”

viernes, 12 de diciembre de 2008

MONÓLOGO

Sobre La Crisis Económica
y el Primer Trabajo



(El protagonista viste jeans y una chomba. Está sentado en un rincón del escenario, meditando. Gestualiza como si estuviera participando de una discusión. Se levanta y camina lentamente hacia el foco central. En el lateral derecho hay un podio. El conferencista sube, deja aparatosamente su discurso. Luego baja y se sitúa al centro del escenario, en la boca. Mientras el público se sienta se escucha una suave música de fondo que disminuirá su intensidad hasta desaparecer.)

¡Hola…! Así es como se saluda la gente por estos días. Si mi abuela me escuchara se vuelve a morir, esta vez de vergüenza. Pero no vengo a reflexionar sobre los buenos o malos modales; ese es un tema que domina a la perfección mi colega, el doctor Murillo. Es que su padre fue diplomático y Murillo le copió todas esas costumbres de guantes blancos y voces bajas y bien moduladas que se usan en los salones cortesanos. Todas esas conductas pasadas de moda y que hoy provocan sonrisas. Siempre viste de gala, como si fuera a participar de un festejo elegante. El pantalón planchado, de línea como trazada con regla. La corbata en juego con la camisa, calcetines y el pañuelo, impecablemente doblado, en el bolsillo superior del vestón. En fin… El Director del Departamento me pide que les hable sobre la crisis económica y cómo les afecta a ustedes que están a poco tiempo de empezar a trabajar. En realidad son dos temas que, en alguna parte, se entrecruzan aunque no me parece que el problema pueda estar en el ámbito de sus inquietudes. Al menos, si yo tuviera la edad de ustedes me preocuparía de otras urgencias. Por ejemplo sobre como empieza a huir la juventud, sin que nos demos cuenta… Es que cuando la juventud se va no tiene regreso. Y el resto de la vida no es más que un recuerdo pálido de lo que pudimos haber hecho. Y no hicimos. Porque creemos que siempre hay tiempo para todo y el proyecto de vida, si es que alguna vez se nos ocurrió pensarlo, queda por su cuenta y no advertimos que esa programación de los futuros posibles se nos escapa de las manos como si fuera agua entre los dedos. Es más fácil vivir cada día como si fuera el último y enfrentarlo entre muchos amigos, con una chela en la mano. Es que el tiempo se desgrana tiránico y no nos espera. Hace de corre – vuela, a veces nos mira hacia atrás, porque siempre vamos retrasados. Y ríe, burlándose, porque es claro que jamás lo alcanzaremos. Alguna vez lo pensé cuando tuve vuestra edad, pero entonces levantaba los hombros y me decía “ya habrá tiempo para todo”… ¡Patrañas! ¡Nunca el tiempo es suficiente! Cuando se va no hay como recuperarlo… El mundo y la vida eran más llevaderos y mucho más intensos cuando no se tenía la noción del tiempo… ¡Mil años de sombras sobre los físicos que lo inventaron…! Le dije al Director que es un tema muy escabroso, y que lo haría mejor el doctor Villa que sabe de Economía. Entonces el doctor Montero recurrió a su acento catalán y dijo seria y académicamente: “¡Me cago en la leche!” Venga… que tú lo haces y nada… Y aquí estoy… Bueno… Vamos a ello. En todos los ensayos de los economistas liberales ustedes encontrarán la afirmación que en las economías de mercado, sustento del capitalismo, se producen ciclos. Hay épocas de alto desarrollo seguidas, inevitablemente, de períodos de crisis. Y cuando la crisis termina, volvemos a empezar; sòlo que los consumidores somos más pobres que antes de empezar el ciclo y los empresarios más ricos porque quién podría creer que ellos trabajen sin obtener ganancias… Recuerdo que una vez le dije, muy amostazado, a una funcionaria de la AFP: “Que usted señora trabaja para los peores vampiros. Chupan la sangre de los trabajadores durante toda la vida y en la hora de jubilar nos entregan mendrugos…” ¡Cómo son de bárbaros! Hasta han aprobado una norma que afirma que los chilenos tenemos ochenta años de promedio de vida, que no lo tienen ni los países más desarrollados de Europa; así la pensión que se nos entrega es mucho más baja de lo que debiera ser… Y la dama me dijo, en un suspiro, que las empresas tienen el amparo de la ley… ¡Cómo lamento mi improperio! Pero ya estaba dicho… O sea que… la idea central es el ciclo… Hay que entender los ciclos para comprender lo que está ocurriendo con los mercados… Una imagen paralela es el ciclo que sufren las damas… La Juanita, que es mi señora, tiene sus ciclos todos los meses… ¡Qué no daría porque la Juanita tuviera ciclos más espaciados como los de la economía…! Cada cuatro o cinco años… Eso la haría más soportable… Es que es como si de repente cayera en el abismo de la tontería… La vida en el hogar transcurre tranquila y yo me encierro en mi escritorio y leo, o estudio, o escribo, o preparo las transparencias para mi próxima clase… Cuando sin que lo pueda prever escucho un aullido que viene del dormitorio en el segundo piso: ¡Hasta cuando sigues fumando! ¡Que la casa se llena de humo y de olor a tabaco! ¡Y me obligas a respirar el excremento que sale de tu boca!... Y dale… es la Juanita que empezó con su ciclo… Y, entonces, lo mejor que puedo hacer es guardar silencio y, en el mejor de los casos, escurrirme y dar un largo paseo por el parque que tenemos a unas diez cuadras de la casa. Una vez, hace años, le respondí y nos enzarzamos en una discusión muy bizarra en que gritábamos pero navegando ríos completamente distintos. No había posibilidad alguna de que pudiéramos llegar a alguna clase de punto de vista compartido. Y ella me echó en cara que yo me niego a dictar conferencias en las Regiones, como lo hacen mis amigos Villa y Murillo. Y que a ellos les pagan doscientos cincuenta mil pesos por cada día de trabajo en las provincias y tienen recursos para mejorar la calidad de vida de sus familias y que las mujeres de ambos, la Carmen y la Lita, tienen cuenta corriente y se pueden comprar joyas y ropas adecuadas a su dignidad… y que en cambio a mi me tienes como si lloviera… Y qué saco con decir a las amistades que trabajas en la Academia si es lo mismo que vendieras papas en la feria… Y que no, porque el vendedor de papas gana mejor que tú… porque, en el fondo, los trabajadores sòlo podemos optar al beneficio de mejorar la calidad de vida ya que no está previsto en el modelo económico que podamos hacer fortuna a menos que nos ganemos el Kino y que entonces yo soy flojo de nacimiento. Y yo le respondí que no se trata de más o menos dinero sino que de sostener una jerarquía de valores y que yo no puedo venderme como si fuera un objeto del supermercado. Y entonces la Juanita se largó a llorar. Fue a la cocina y sentí un desparramo de platos y vajilla. ¡Diablos! Pensé, me costará una tarde entera en el mall para reponer todo lo que mi dulce Juanita está destrozando… Luego, subió al dormitorio y al rato bajó con una maleta en la mano. Me la pasó y me dijo que me fuera de la casa. ¡Hijuna mi suerte negra! Quince días en una residencial de mala muerte. ¡Medio mes!, hasta que se le pasó el ciclo a mi Juanita. Regresé a casa, pero me encontré con que se había instalado mi suegra, que dormía en mi dormitorio, junto con la Juanita. Y me miró con sus ojos desorbitados de animal prehistórico y me dijo que ella no permitiría que yo siguiera maltratando a su pobre hija que jamás debió poner sus ojos en un animal desastrado como yo… Mi compadre Villa me aconsejó que abandonara a mi mujer y a mi suegra. Divórciate, me dijo. Pero eso es algo que, talvez, resolvería el problema de los ciclos de la Juanita, pero a un costo enorme. Dejar mi casa, que todavía la estoy pagando…. Es que los dividendos están a mi nombre y todavía me faltan catorce años para terminar de cancelarla. Y abandonar a la Valeria que es nuestra única hija y que ya está terminando la Media y dentro de poco estará como ustedes en la Universidad y ustedes saben lo que esto cuesta y ¡Qué diablos! La vieja tiene algo de razón porque mi sueldo no me alcanzaría para cubrir todos los gastos y no quiero que el doctor Montero me mire con severidad porque estoy pensando en mis problemas personales cuando debiera estar reflexionando en las muchas tareas que tiene asignadas el Departamento. Y esto se está pareciendo cada día más a un callejón sin salida, porque los años pasan y nos ponemos viejos y el mundo de hoy odia a los viejos; sòlo asegura el éxito a los jóvenes, a los que tienen su sangre intacta y que, por tanto, pueden entregarse a la voracidad de la oferta y la demanda que es uno de los nudos ciegos de los momentos de la crisis económica. Se lo comenté hace unos días a mi hija, la Vale. Un titulo profesional, mi niña, algo que te de independencia, que te haga libre, que te permita hacer de tu vida algo parecido a un sueño que se realiza. Para ello hay que dar más tiempo al estudio y menos tiempo al carrete. El pololo de la Vale, enfundado en pantalones de unos cinco números más grande, con una inmensa bola de aire en el trasero, se balanceaba sobre sus dos pies y me miraba con cara de idiota hipnotizado haciendo algo así como un ruido ritual: chok trump paratrum… chok terum…..trum. Recién advertí que el tipo se peina con unas mechas tiesas en forma de pelo de loro centroamericano y seguía con su chok trump trump. Y la Juanita que pregunta desde la cocina “¿El papá te está molestando? Y la Vale que “No te preocupes, mami… ¡Pasa nà!” ¡Carajo…! ¡Carajo! ¿Cuándo fue que me equivoqué? ¿En qué momento? Es que la vida simplemente se da. No pide permiso. Es un destino ciego y avasallador. Te envuelve en una especie de parábola, de remolino, y caes en ella casi sin advertirlo. Y no te queda más remedio que vivirla sin atender a más reglas que aquellas que la misma vida te va poniendo a cada tranco. En ocasiones me viene a la mente la idea de un terrible demiurgo borracho que me está soñando y que, en su sueño, me mueve de un lado para otro, sin piedad, como si fuera una marioneta que pende de sus dedos. Claro que hay razones sobradas para pensar en dejar a la Juanita y empezar de nuevo. Solo o con una compañera distinta. Pero pienso en cuando éramos jóvenes y teníamos la cabeza llena de ilusiones que volaban como las golondrinas cuando empieza a nacer la primavera. Y yo la esperaba en la plaza a la salida del liceo… Y cuando la veía venir llegaba a temblar con su imagen alada. ¡Dios! ¡Eramos jóvenes! ¡Y éramos hermosos! Y un beso de sus labios… una mirada de sus ojos… un roce suave de sus manos sobre mi rostro… me mostraba toda la poesía que era capaz de resistir y comprender… Y se me antojaba que ambos éramos como las golondrinas: Volábamos danzando y dibujando caligramas sobre el espacio y nada nos importaba. Nada que no fuera ese amor que florecía tenue en todas las horas vesperales de ese comienzo de primavera cuando estábamos llamados a transformarnos en hombre y en mujer maduros… Y nos prometíamos que sería para siempre… Y nos jurábamos que nada habría de separarnos… Tal vez ese fue el error… Estábamos tan centrados en nosotros mismos, en lo que sentíamos, en el amor joven que nos dábamos que no quisimos ver cómo lo humano se destruía en Viet Nam… ¡Era tan espantosamente lejano…! Y teníamos tanto amor para amar… Y luego fuimos conscientemente ciegos para todo cuanto ocurría en la lejanía de los otros mundos, que jamás conoceríamos, en donde la guerra, la muerte y el dominio económico nos hacía cada vez más pequeños, más insignificantes, más arena de la clepsidra que se escurre entre los dedos hasta que queda la nada. La nada más absoluta, inmensa como el universo… inerte, como la muerte… despiadada, como las leyes del mercado que tanta preocupación les demanda… La vida, amigos míos, no pertenece a las leyes del mercado, pero está en ellas. El mercado, me decía mi amigo, el doctor Villa no tiene existencia real. Existe en la medida en que hay seres humanos que lo piensan y lo construyen y, por lo tanto, no es cuerdo asignar culpas al mercado de lo que está ocurriendo. No importa que el problema lo haya creado un mister Bush y lo esté heredando un mister Obama. No es el mercado el que rebota inclemente y destruye las economías más pequeñas haciendo funcionar el efecto de la mariposa. ¿Lo recuerdan, verdad? Una mariposa, feliz de nacer, aletea, juguetona, jubilosa, sobre las flores de un jardín de Beijing. Y su aletear provoca, seis meses más tarde, un tornado de altísima potencia destructiva sobre las costas de América Central… No… No es el mercado… Somos nosotros… Cada uno de nosotros… Soy yo mismo, cuando me miro al espejo y me pregunto si vale la pena vivir este día. Una tarde le escuché decir al doctor Murillo que los problemas humanos solamente tienen resolución entre seres humanos. Que todo lo demás es artificio… Que solo la humanidad es necesaria... Ahora me iré caminando hasta mi hogar. Iré buscando piedras que patear, igual que cuando tenía quince años. Al salir del campus, encenderé un cigarrillo. Me iré fumando. Se que la Juanita me reclamará que vengo con olor a tabaco. Pero no importa. Igual le diré que está bonita. Y que la amo. Me acostaré y trataré de dormir…Mañana… Ya veremos qué hacer mañana…




sábado, 6 de diciembre de 2008

JUEGOS DE SOMBRAS

Mil años sin desatar el nudo que me mantiene atado a la vida. Fantasmagorías milenarias. Inclemencia en el sentir. Sin motivación ni promesas. Arrastrándome sobre la tierra como un reptil.

No recuerdo cual fue mi crimen. Sólo hay un vacío negro y silente e instantes fugaces. Mañanas tórridas. Anocheceres helados que me hacen temblar. Ojos desorbitados que caen de los techos y hacen danzas macabras en la amplitud del salón. Gritos como escarabajos verdes que corren sobre las paredes y estallan destrozando los oídos. Yo, habitante del espanto, en la celda inhóspita, helada, plagada de ratas e insectos asquerosos. Cadenas en mis brazos. Grilletes en mis pies. Y la condena. Cinco jueces de rostros severos. Cubiertos con amplios ropones rojos. Todos llevan cabellos blancos.

- Mil años de sombras. Habrá un último día solamente si logras el amor. No podrás morir. Para ti el suicidio será un imposible. Saldrás indemne de cualquier accidente. Vivirás en la impotencia y en el estupor.

Así fue. Olvidé la alegría. La sonrisa se me quedó enredada en alguna esquina y no la volví a recuperar. Hace una semana se cumplieron los plazos. Lo sé porque amanecí con una sensación extraña. Como si la gracia de la esperanza quisiera anidar en mí. Pero hace siglos que vivo en soledad. Jamás una compañera. O un amigo. O alguien con quien compartir.

Caminaba por el parque cuando la encontré. Se llama Olga. El mes de julio azotaba las calles y plazas de la ciudad con aliento gélido. Viene del campo. La ciudad la asusta. La invité a un café. En el estómago había calor, caracolas, olla de grillos jugando entre las venas, intranquilidad en las manos. Nos seguimos viendo. Una tarde me abrazó. Su boca buscó la mía. Creí que enloquecía. Todo era nuevo. Cada uno de sus gestos gatillaba recuerdos. Ansiedades. Angustias enlazadas a su figura pequeña y delgada. Me pidió conocer mi casa. Allí, en la sala, las caricias encendieron llamas que me iban a invadir. Entonces recordé a mis jueces. Y comprendí que Olga era la llave para mi descanso. Pero, entonces, no había amor. Ni en ella ni en mí. Ella no era libre. Amarla era condenarla. Entonces puse mis manos en su cuello y apreté. Mi cerebro escudriñaba y repetía la palabra matar. Ahora es otra la celda. Y espero. Como lo he hecho toda mi vida.

jueves, 27 de noviembre de 2008

LA OPERETA

Waldo Carrasco interpretó en el teclado la pieza completa. Hacia el final, tenues gotas de transpiración inundaban su rostro.
- Si - dijo - a ratos algo dedacofónico; a ratos algo demodé, pero es posible sentir una cierta simplicidad estructural... Es interesante...

Pedimos una segunda prueba al maestro Wagner Ruiz. Metió los hirsutos bigotes en la partitura y empezó a murmurar. Se levantó y tomó su cello, miró la partitura e improvisó. Del instrumento brotaron trinos, música de agua, reminiscencias de alerce, araucaria y canelo, de tejidos minúsculos en la carne golosa de los helechos gigantes...

- Deben incorporar unos seis cellos - dijo - los dos añafiles son suficientes... Unos cuantos filfiles y una trutruca como fondo de los cornos y del fagot... Queda bien... ¡Cabros, lo encontraron! No hay sombra de estereotipos... Me gusta... Hay un solo problema... los huevones de siempre... No lo entenderán...

Fuimos a la segunda parte. Había que crear la historia y la letra de las partes cantadas. Dos bajos sostendrían el edificio. Barítonos y tenores, los pilares para las coloraturas de la soprano y la profundidad de la contralto.

Una historia de esperanzas. La Machi Rupertina (contralto) bendice la unión de su hija Milla (soprano) con el huinca Belisario (tenor). Invoca a los dioses del mundo de arriba. Y dice que Nguechén (primer barítono) ha puesto su mirada sobre los jóvenes. Entonces el Trauco (segundo barítono), el desgraciado y estigmatizado hombrecillo de los bosques, lanza su maldición envenenada de envidia. Aparece el jefe de los brujos (bajo) y reta a todo el clan por permitir el matrimonio con un blanco. El lonco Huenchumilla (segundo bajo) provoca un sahumerio y convoca a los mocetones que llegan con sus paliques en las manos. Se produce una escena loca del tipo comedia de equivocaciones y los seres de las sombras son derrotados. Las duras membranas de los tamboriles hacen sonidos de triunfo. Los principales cantan los valses y las danzas de contentamiento. También incorporamos una danza mapuche de guerra y consumación.

Pusimos toda la historia en versos payeros. Una que otra palabra en mapudungún. Uno que otro verso en octavas reales para lucimiento del tenor envuelto en un hermoso traje sevillano.

La Opereta estaba lista. Ahora había que buscar el elenco y ensayar.

Talvez nos demoremos un año.

Es lo que ustedes deben esperar para conocer el desenlace.





viernes, 14 de noviembre de 2008

LA CAJA DE DON EPIFANIO

Zeus, hastiado de su molicie, deja morir el crepúsculo. Entra Hera; lleva en sus manos un hermoso cisne de plumas suaves. Zeus sonríe y dice:


- Fue hace tanto tiempo. ¿No se te ocurre nada nuevo?

- No te entiendo – dice molesta la diosa –

- Son los males de Pandora… puro aburrimiento…



*

Don Epifanio Engels Diderot Iribarren Pérez fue un hombre feliz cuando nació su hija. Regaló a su mujer, doña Purísima, una fastuosa sortija. Doña Puri insistió “La debemos bautizar”. Don Epi se negó. La criatura no tiene conciencia. Cuando crezca tomará una decisión. No entregaré mi hija a la codicia moral de la iglesia, menos a las manos dudosas del cura. Ese coño es pajero, dijo, obscenamente pajero. Además, nació en Lepe y es tonto de capirote. La niña se queda así, como está. Doña Puri, le anunció suavemente que su cama le estaba prohibida hasta que accediera a poner los óleos consagrados en la hijita. Dos meses más tarde, vencido por la prohibición, don Epi organizó los festejos y partieron una mañana a la iglesia del pueblo en donde esperaba el padre Arístides con su rostro cruzado por malévola sonrisa.

- ¿Qué nombre le pondremos?

- Pandora – fue la respuesta – Pandora Iribarren González.

- ¡Ah… no…! – dijo el cura – ¡Hombre..! Yo no bautizo a bárbaros infieles. Debes poner un nombre cristiano aceptado por la Santa iglesia…

- ¡Bárbaros…! ¡Tu madre! - respondió exasperado don Epi –

- ¡Venga… Que no te metas con mi madre…!

Mirándose como energúmenos, empuñaron sus manos. El sacristán corrió a la sacristía y regresó con un amenazante garrote. Medio pueblo estaba a las puertas. Alguien preguntó “¿Y, cómo va la cosa?” El sacristán gritó “¡Que se agarran!”.

- ¡Ateo miserable! – gritaba el cura –

- ¡Dogmático vicioso! - rugía don Panta –

- ¡Comunista trasnochado! – respondía el cura al borde del infarto -

No llegaron a los golpes. Después de la retahíla de insultos que ambos querían propinarse desde antaño, Arístides aceptó el “Pandora”. Pero exigió que se agregara del Santo Rosario, o del Corazón de Jesús. El sacristán corrió al tabernáculo y trajo dos copones, rebosantes de vino sacramentado que ambos brindaron “hasta verte Cristo mío”. Don Epi aceptó “del Carmen”. Esta señora, rezongó, nos acompañó en la Guerra de la Independencia. Y, agregó:

- Se llamará Pandora Republicana del Carmen.

Así fue acristianada, aunque se le conoció siempre como Pandi.


*

Los gritos de Zeus parecían bramidos de mil elefantes marinos clamando rabiosos a los cielos. Iracundo, ordenó el castigo: Prometeo encadenado a la montaña. En la mañana vienen las águilas y devoran sus entrañas. Durante la tarde el dios reconstruye su cuerpo. Al alborear la aurora regresan las águilas.

- Está bien – gruñó, ya más tranquilo – Los hombres tienen el fuego sagrado y el secreto de Helios. Harán florecer sembradíos y apagarán su hambre. Pero les enviaré su castigo y perdición.

Ordenó a los dioses que crearan una criatura, compañera de los hombres. Cada uno aportaría algún don divino. La belleza de Hera; la forma modelada por Hefestos; la elegancia de Atenea; de Apolo, la música…

- ¡Eso es! – vocifera Zeus - ¡Que les nuble la razón! ¡Que los envuelva en sus caprichos!

Para Hermes la criatura era demasiado perfecta y le donó un carácter seductor y voluble y la capacidad de mentir sonriendo. Zeus la envió a los varones. Así nació Pandora. Era tan bella que Epimeteo, hermano de Zeus, la tomó como esposa. La llevó a su hogar. Todo es tuyo, le dijo, menos esta ánfora de plata que no abrirás jamás.



*


Tenía once años cuando Pandi descubrió la biblioteca de don Epi. Quedó fascinada. Las travesuras infantiles empezaron a quedar atrás. Cientos de saberes ordenados en los anaqueles. Miles de narraciones. Cada libro motivaba discusiones con su padre. Le decía que Montesquieaux estaba demente: Eso de los tres poderes y la democracia es puro cuento. Y el mito de Pandora… ¡Pufff! Esos dioses eran de un talante machista exasperante. Y, agregaba, las novelas son más divertidas que la historia. Y, papá, exigía, no comprendo a esa madame de Bovary… ¿Qué es lo tan terrible que hizo…? Es… como si no pudiera respirar de puro cartuchona… Ni parecida a la Nana de Zolá… Don Epi, orgulloso, le explicaba lo que se puede explicar a una niña ante el horror de doña Puri que amenazaba con dejarlo a dormir en el salón si no ponía orden en las lecturas de la hija. Don Epi juraba “Esta vez converso con ella”. Pero, por esos días fue electo alcalde. Entonces sólo tuvo tiempo para el municipio. Dijo a la niña:

- Pandi; no debes abrir este cofre. Tiene cosas mías. Respetarás esta prohibición.



*


Pandora era feliz con Epimeteo. Los hombres, agradecidos de los dioses, tomaban a sus mujeres y construían hogares. Su único pesar era el ánfora sellada. Pandi pensaba ¿Qué secretos guardará el cofre? ¿Tesoros como los del conde de Montecristo? Papá nunca me prohibió nada… Ponía sus manos sobre el ánfora e invocaba a los dioses “Permítanme penetrar esta pared de plata. Quiero saber”. “Epimeteo es bueno. Nada perverso puede esconder. Si le pregunto a mamá me prohibirá entrar a la biblioteca. La vida en el Olimpo era tranquila. Abajo, en los campos, los hombres trabajaban, reían, gozaban. Inventaban fiestas florales en honor de los dioses y en ellas reinaban Baco y Hermes; todo era permitido. Entonces, si ya no hay inocencia, ¿Qué tan tenebroso puede contener el ánfora? ¿Qué habrá dentro del cofre? Esa tarde Pandora rompió los sellos y abrió el ánfora. Volaron, como la espuma cientos de nubecillas fétidas. Una voz terrible gritó en su conciencia: “¡Estúpida! ¡Los has liberado! ¡Allá van todos los males de la humanidad: las enfermedades incurables, la vejez, la fatiga que transforma a seres fuertes en guiñapos, la locura que galopará en las conciencias, los dogmatismos absurdos, los vicios, las malas pasiones, las diez plagas que asolarán las tierras y los reinos, la tristeza inconsolable, la pobreza, los crímenes” Pandi rompió el candado y abrió el cofre. Puro aburrimiento: documentos, antiguos papeles amarillentos. Algunas ropas y juguetes de su primera infancia. Y las fotos. Las observó. En todas ellas el personaje principal era don Epifanio. En todas, desnudo. Pandi gritó cuando se detuvo ante su sexo inmenso, gordo, agresivo. Siempre acompañado de dos o tres mujeres también desnudas. Las reconoció. Ellas vivían en la casa rosada, a la salida del pueblo. De esas que doña Puri ni siquiera miraba cuando las encontraba en la calle. No son damas, Pandi. Entonces ¿Qué son, mamá? No preguntes leseras, niña… Una de ellas tenía el sexo de su padre en la boca y caían al piso goterones acuosos, espesos. En otra, don Epi, con sus botas y espuelas de plata montaba la espalda de una de las mujeres mientras las otras gritaban y reían. Pandi cerró el cofre. Perpleja. Tenía en qué pensar. Pandora cerró el ánfora. Se escucharon unos golpes suaves. Algo quedó dentro, pensó la hija de los dioses.



*


Pandora y Epimeteo fueron expulsados del Paraíso. Niña imprudente – dijo con tristeza Zeus -. Pyrra, hija de los dos exiliados creció. Tenía quince años cuando se unió a Deucalión, hijo de Prometeo. El fuego sagrado hizo comprender a los hombres los sentidos de la libertad. Y cayeron en una y mil aberraciones. Fue el tiempo en que Zeus ordenó el segundo diluvio, para terminar con la raza humana. Cuando las aguas volvieron a sus cauces, los únicos sobrevivientes eran Pyrra y Deucalión. Zeus les concedió la vida. Ustedes, dijo, harán renacer a los hombres. Espero que esta vez no sean asolados por la demencia. Tomó, pensativo, entre sus manos, el ánfora de plata.


*

Pandi regresaba de la escuela por el borde del río Hualén. Le acompañaba el Mauro, hijo del boticario. Había silencio entre las hojas de los sauces y los arrayanes. Las aguas cantaban en su viaje hacia el océano. Le contó del cofre de su padre. Otra tarde, sentados sobre los frescos pastizales, en el borde de la riada, le mostró las fotos. El Mauro se turbó.

- ¿Sabes lo que hacen? – preguntó –

- Creo que si – dijo Pandi con un hilo de voz –

Quedaron en silencio y sin mirarse.

- Yo no tengo tanto como esas mujeres – comentó la niña –

Tomó la mano del Mauro y la llevó a su pecho. El Mauro acunó en su palma el seno breve, pequeño y palpitante de la niña. Apretó suavemente. La Pandi cerró los ojos y se pegó a su cuerpo. El Mauro tomó los dos pechos y murmuró:

- Tampoco yo lo tengo tan grande.

La Pandi llevó su mano a la bragueta. Abrió el pantalón y tomó suavemente el sexo duro del muchacho.

- Me gusta como lo tienes – susurró -

Abrazados, se besaron. Se acostaron sobre el pasto fresco. Lentamente se sacaron las ropas que fueron como flores sobre el pastizal. Los dos cuerpos desnudos, abrazados, sin saber cómo continúa el viejo rito del amor. Poco a poco el Mauro aprendió a besar, a acariciar, a provocar locuras. La niña aprendió a devolver las caricias. Déjame hacerlo y sus labios bajaron hasta el pene. Lo besó. Abrió ligeramente los labios y permitió que entrara en su boca. Lo apretó suavemente; lo mordisqueó ligeramente. Sintió que unas pocas gotas de lava hirviendo golpeaban su garganta. Volvió a acostarse de espaldas. El Mauro la cubrió. Sintió que era penetrada. Había dolor y un inmenso placer, entonces vino un orgasmo infinito que hizo temblar su piel. Pensó que se estaba transformando en mujer. El viento entre las hojas, surcando el pasto como rastrillo. El viento entre las nubes lejanas. El viento en medio del asombro de los ojos del Mauro y de la Pandi. Ahora habrá un secreto sagrado entre las manos apretadas, cuando transiten lentamente por las calles del pueblo.




*


Zeus reflexionaba y maldecía el dilema en que lo ponía Pandora. Los hombres no tienen remedio, pensaba. Siempre terminan en el caos... ¡Qué remota deidad dispuso tamaña maldición! Pyrra y Deucalión harán su trabajo. Nacerá una nueva humanidad. Serán seres hermosos, angelicales. Hasta que descubran el mal. Puedo cumplir mi promesa: no más cataratas mortales. O puedo terminar el trabajo de Pandora y liberar la esperanza que aún duerme en el ánfora de plata. Pero entonces, ellos inventarán la fe, hija de la esperanza, y creerán en un dios único. ¡No comprenderán que la esperanza sólo envuelve falsedades! Y ocurrirá lo inevitable: ¡Matarán a Dios cuando dejen de creer en nosotros! Entonces, otra vez conocerán el caos, el silencio, la nada. Vivirán convencidos que la divinidad está en su sangre. Será imposible que entiendan que sólo son hombres. En ellos habita la herencia de mi estirpe. ¡Faltan tantas centurias para que todo acabe! ¡Son tantas centurias de silencio!

Entonces, el padre de los dioses, el señor de la vida, apretó el ánfora de plata hasta hacer reventar sus paredes. Voló, traviesa, hacia el firmamento la última de las nubecillas. La esperanza se esparció por toda la tierra y llegó a los corazones de los hombres.

Don Epifanio sentía que se había perdido la complicidad que había con la Pandi. Repentinamente la niña ofrecía un talante maduro. Y se burlaba de las explicaciones de don Epi a los problemas que le planteaba. Tres años más tarde dijo al Mauro que se iba a estudiar a una escuela universitaria de la capital. ¿Entonces nos dejaremos de ver? ¿Entonces no nos casaremos? La Pandi lo abrazó con ternura infinita. Tal vez, alguna vez, vuelva a ti, le dijo. Pero ahora debo partir. Hay un hombre que me está buscando. Quiero conocerlo. Se llama Epimeteo.

lunes, 3 de noviembre de 2008

ARÍSTIDES SE CONFIESA

El padre Arístides solicitó una dispensa no por molicie. Hizo veinte horas en avión para ir por su confesor, el Obispo de Lepe.

No fue la pelea con don Panta, monseñor. Habría sido una retahíla de puñetas y asunto borroneao. Fue esa tarde tormentosa de diciembre, en el mes de María. La Florita pidió confesión de frente y se instaló parsimoniosa entre mis rodillas. ¡Dió... Por qué me haces esto...! Llevaba una mini que mostraba todo y una blusa transparentando sus pechos desnudos. Ayúdeme, padre, que he pecado. Ave María, Ja mía (Con tu estampa es imposible no pecar) Fue el Tomás, padre, un afuerino. Había fiesta en la plaza y el Tomás me miraba y me pidió que bailáramos una guaracha y de repente era un bolero y me apretó y me hizo chictuchic. Y sus manos eran inmensas y fuertes. Y de repente, un beso en el cuello y la blusa se abrió y los labios calientes llegaron hasta mis hombros. Y no había quien me dijera "Flora qué tontería vas a hacer". Fuimos a la oscura esquina de la iglesia. Y me atrapó los pechos y mordió y chupó y pasó su lengua parriba y pabajo. (¡Y mocosa del diablo, deja de menear tus pechos en mis rodillas!) Y yo estaba montada en sus extremidades, encima de su cosa dura y me entraba hasta que quedé desfallecida. Y al otro día el Tomás se perdió en los caminos. ¿Qué puedo hacer, monseñor? Que no soy monseñor, Ja mía. Y mis manos se fueron entre los cabellos de la impura. Y de un de repente, la hija del demonio hurgueteaba entre las sotanas y sacaba a respirar al pequeño que había crecido de una pa la otra y la boca de la pecadora lo había atrapado y lo zamarreaba entre los labios y la lengua y tomó mis manos, monseñor, y las llevó a los pechos que tenían los pezones duros y ardiendo y te juro Dió mío que no quería, pero la impura se miabía montao y hacía que el pequeño entrara y... Pa qué sigo... la cosa fue gloriosa. Y como el pequeño quería más, tiré a la Flor sobre las baldosas y cabalgué como huaso sobre garañón sin rienda. Y qué hiciste, bestia, preguntó el obispo. Arístides lo pensó un instante y dijo en un susurro que ordenó penitencia de tres Avemarías y un Padrenuestro.

LA BANDA DEL LITRO

La ciudad de Tocopilla es pequeña: sólo tres o cuatro calles caen sobre el mar después de cruzar dos transversales. Antaño, hasta su bahía llegaban los cargamentos de cobre. Los embarcaban y las naves desaparecían en los horizontes. Al costado de la Plaza de Armas está el salón en donde, junto con el Cefe, dictábamos un Seminario de gestión a un grupo de doce colegas. Siete de ellas mujeres nortinas exuberantes y aguerridas.


El grupo empezaba a trabajar un diagrama de Meridianos de Ichikawa cuando sentimos los primeros sones de algo parecido a una balada triste entonada por clarinetes, trombones y saxos. La verdad es que la banda no desafinaba. Ocurría que cada instrumento cantaba por su cuenta respetando apenas el ritmo insistente del bombo y el redoble majadero de un solitario tambor.


En el salón el trabajo fue reemplazado por una borrasca de murmullos y risas. Preguntamos qué sucedía.


- Es un funeral - dijo una niña entrada en carnes -


- Es la banda del litro - agregó un varón -


- ¿La banda de qué? - pregunté –


Me respondió una carcajada. La banda estaba formada por amigos del bar, acostumbrados a la cazuela de chancho y al vino a destajo. Les vimos pasar: Al frente, la banda: once hombres panzones, actores de rostros rubicundos. Enseguida el ataúd, cubierto por flores de papel y llevado a hombros por seis vecinos que se intercambiaban cada media cuadra. A continuación buena parte del pueblo. Al final, una carreta llena de chuicos vestidos de mimbre.

La banda no trabajaba gratis. Antes de partir se entregaba a cada músico una botella con un litro de vino tinto. Los instrumentos llevaban un ganchillo para colgar la botella. Cada ciertos pasos, el músico bebía un trago. Cuando se terminaba, uno de los deudos corría a la carreta y la botella era reemplazada. Al terminar el entierro, el litro deambulaba entre los músicos y todos los emparentados hasta acabar con los quince chuicos de la carreta. Sólo entonces el finado llegaba a la quietud.


Nuestros Alumnos nos miraron. Yo clavé mis ojos en el Cefe que, inocente, intentó relatar lo ocurrido con la plaga de termitas de hace quince años atrás, cuando su abuelo era alcalde del lugar, pero a mitad de cuento se detuvo y exclamó:


- ¡Ya...! ¡Nos vamos al funeral!


Nos incorporamos a la fila de pobladores... Después de todo, beber vinos nortinos no es cosa de cada día.

La banda hacía de las suyas. Los clarinetes las habían emprendido con Cambalache, en tanto que los saxofones improvisaban variaciones en torno al Ave María. El trombón, muy complicado, intentaba armonizar las dos melodías. El bombo dormía su primera borrachera y el tambor se había plegado a las conversaciones. La noche caía sobre Tocopilla. En lontananza el chillido oscuro de las gaviotas dudaba qué música seguir en su danza de despedida. Adela, semi desnuda, abrazada a Miguel, sonreía manteniendo en el calor de su piel el estremecimiento del último orgasmo. El Cefe uniendo sus largas manos en el borde de la barbilla, decía al grupo de mujeres:


- La historia, queridas amigas, es el peor sinsentido. Así lo comprendió el Gran Hermano, ese nefasto gobernante oscuro, de alma gris como la niebla matinal. ¿Recuerdan que ordenaba a sus sicarios reescribir una y otra vez los pasajes más sensibles de la historia planetaria y cambiar los hechos, los personajes, las ideas? Así, les decía a sus panzones ministros, la población deja de tener anclajes en el pasado. Mejor, todavía, el pasado deja de tener significación. Y si un hombre no tiene pasado tampoco puede aspirar a ningún porvenir. El finado lo podría corroborar.


Al finado le decían el Bachicha. Había llegado desde Italia una mañana lejana y después de deambular en una y otra ocupación se dedicó a fabricar las flores de papel usadas en las celebraciones. “Es que en cuesto desserto la fiore non crece”, se justificaba.

Las últimas palabras del Cefe fueron seguidas de unos golpes en el féretro. Uno de los pescadores lo abrió y el Bachicha, muy pálido, se sentó y con voz de actor pidió:


- Io voglio un viquerini de tinto. Después daré la mía opinión.

Alguien le alcanzó un litro que el badulaque bebió de un tirón. Entonces dijo:


- Il maestro tiene razone. La historia e il temppo sono dificile de comprender. E io pregunto... ¿Per che quieren sabere qui cosa e il tempo e la historia...? ¿Eh...? ¿Per che? Sólo hay que vivir hasta que llega la hora dil tutti morto. De la quietud. Entonces, deja de tener importancia la vida..... Sólo queda esta insaciable sed que no se calma con niente. Más vino, per favore.


En el extremo del cementerio alguien siguió, por fin, a los clarinetes. Cantaba: “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé...”